EL GRAN SILENCIO (fragmento de novela)

Ofrezco este fragmento de un romance creado por mí hace algún tiempo, sobre el cual debo decidir si vale o no la pena trabajarlo con miras a publicarlo alguna vez. La intención es contar con vuestras observaciones, aspirando a vuestra aprobación.
ooooooooooooooooooo
Retornaba al juego de las manos.
Momentos antes, el licor había quemado todo a su paso dentro de sí, produciéndole euforia: ahora iba en brazos de la música, cuyos acordes llenaban por completo todo el espacio y penetraba profundo en sus sentidos.
Sinuosa, había iniciado la danza, imaginando ser una serpiente, desnuda, seducida por el humo del cigarrillo y la melodía, mientras era acariciada por la cabellera larga y sedosa que se movía pareja al ritmo sus pasos. Su cuerpo ondulaba en movimientos suaves,ondulante, de tal guisa que había alcanzado un grado poderoso de excitación, gracias -además- al licor, en ese punto donde se exacerban las sensaciones. Era magnífica su propia apertura de los sentidos, la armonía de su baile, el ritmo de su cabellera larga, largúísima, que parecía largos dedos rozando la piel de sus nalgas, su espalda toda, sus pechos, su vientre.
Entonces se tropezó con su propia imagen en el espejo.
(¿Cuál fue el inicio?)
Era bella.
Tenía que serlo en nombre de la vida.
Su risa estalló como un manantial haciendo que su cabeza ladeara hacia atrás, mientras sentía dedos azabache por todo su cuerpo sensible. Se estremeció de placer y, nuevamente, se miró en el espejo, riendo.
Riendo siempre.
¿El inicio?
El espejo sólo reflejaba un cascarón, una concha de nácar despojada.
El inicio fue el vacío.
¿No es, acaso, el vacío un sentimiento más? ¿Cuál era el sentido de desplazarlo? ¿Obligarse a sentir cosa diferente?
Nos espanta el vacío, la Gran Nada de la sensibilidad.
Celebraba. Conocía su proceso.
Había algo de perversa sensualidad en su vacío, porque la ausencia era sólo la aparente calma sobre su superficie. Abajo, las corrientes adquirían una ferocidad extraordinaria, arrancando sus raíces, sus algas, ahogando cuanta vida pudiera palpitar.
Bailaba celebrando el arrebato de su interioridad, la destrucción de sus ideas, de sus convicciones. Bailaba riendo de su propia estupidez, después de tantos años a su merced.
¿El inicio?
Después de largos días de absurda conmiseración, ante su propio vacío, ante la brutal soledad a la que se había sometido; a pesar de su voluntaria introspección, de su actuada indiferencia, ella sólo reía y bailaba.
Ahora, el licor, el cigarrillo, la música, tenían el sentido de una celebración. Era necesario reírse, para no perder la esencia recuperada tras años de mentiras.
La amenaza de la muerte carece de importancia ante el placer del juego que se ha iniciado.
Su cuerpo y su mente eran, al fin, la misma cosa, obedientes. Era mágico. Sus manos y sus pies se movían al mismo impulso y en la misma dirección que sus pensamientos, cautivos de una danza que sólo sus largos cabellos se atrevían a contradecir, en su inexplicable euforia.
Entonces sucedió que algo interrumpió abruptamente su ritual.
Avanzó desnuda, impúdica, cautiva de la embriaguez que hizo que abriera la puerta de par en par.
Los ojos reflejaron el mismo desconcierto que había invadido su mente.
Desde esa confusión la escuchó reír esa risa cascada, cristalina; la sintió resbalar sobre su piel, mientras contemplaba ese cuerpo desprovisto de todo pudor que se le acercaba, mientras interpretaba su extraña danza, lo rodeaba con una escandalosa voluptuosidad, ora se rozaba ora se apretaba contra sus vestiduras, mientras sus dedos se colaban entre los suyos, lasos e insustanciales. Lo tomaban, lo halaban.
Se dejó conducir al interior de la casa, dócil, vacuo, confuso, sorprendido.
El cuerpo desnudo se pegó al cuerpo, y la boca buscó la boca. La lengua expulsaba implacablemente el pensamiento, mientras las manos abrían espacios para la piel: muy pronto; muy pronto, todo el absurdo de la moral humana se derrumbaba sin estrépito, destruida por la húmeda caricia de su lengua en continuo y lento descenso hacia la oculta oscuridad de su sexo.
Entonces el paroxismo comenzó a tomar posesión del trono ocupado por el intelecto: era desplazada la conciencia y, en su lugar, el primer hombre emergía puro, luminoso, en medio de la viscosidad y la noche del cuerpo. Poco a poco fue ocupando su verdadero lugar en el mundo, ejerciendo su poder sobre todo lo creado: por primera vez tuvo conciencia de vivir su propio cuerpo, de ser milenios de carne y tierra. Entonces, por vez primera, desdeñó el espíritu y descubrió la mutilación de sus instintos.
Encontró los ojos debajo de los suyos, extraviados en ese paisaje subyugante y cruel: contemplaba, enajenado, un nuevo continente, en plena formación, que se elevaba sobre el mar con el movimiento de las caderas; sintió el desvarío de su cuerpo, la fiebre en su carne.
Y supo.
Aquello, entonces, era la conciencia. No lo que hasta ahora el engaño le había hecho creer y defender. Era esto: ESTAR. Fuera del alcance de la mente y sus horrores.
La conciencia era la maligna alegría de ser primigenio: ser temblor, movimiento, gemido, jadeo.
Finalmente, el fuego produjo el desquiciamiento de sus miembros: la sensación de la muerte vino a él, invadió su mirada: toda la arena del fondo se agitó con la violencia de los primeros latidos de la tierra, un estremecimiento único, disparado como una llamarada hacia su pecho. Y se escuchó a sí mismo, sin poderlo creer: un sonido gutural, casi animal, escapaba de su garganta, abriéndose paso dolorosamente desde su corazón, toda su humanidad era inmolada en un auténtico acto de creación.
Y después…, un momento intemporal durante el que llegó la pesadez de todo su ser, el cansancio infinito, feliz, que lo hizo caer sobre su cuerpo todavía caliente. Se confesó entregado, dichoso. Y se desconoció.
Un breve beso en el cuello le hizo tornar la mirada hacia ella. Descubrió su sonrisa sapiente y su propia sonrisa respondió. Sintió que la vida le había sido devuelta, después de tantos años.
Se sintió agradecido de aquel cuerpo desnudo que tocaba todas sus fibras, aún en la quietud en la que se encontraba, sometido a su propio peso, en el último e infinito placer del contacto.
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
Cuando despertó, sintió la blandura tibia debajo de él; la respiración profunda, algo que resbalaba desde su sexo, todavía envuelto por la preciosa carnosidad, hacia los muslos de la mujer.
Su rostro se hallaba oculto en la cabellera revuelta, recibiendo aquel calor ajeno, pero amoroso.
Se incorporó sólo un poco para mirarla desde cierta distancia, mientras todavía se encontraba inmersa en el sueño; para tocar la piel dormida de su rostro, de sus senos; para recorrer suavemente y con lentitud, toda la extensión de la tierra generosa, mientras sentía su propio despertar.
Era el mundo antes del hombre.
La fertilidad propicia. Tibieza.
Sonrió para sí sintiéndola responder.
Era el mundo después del hombre





Comentarios & Opiniones
María, ha sido un placer haber leído tan larga historia, me ha parecido muy interesante el tema que has tocado, el más allá, bastante inquietante. Bastante largo pero ha valido la pena quedarme. Un placer leerte. Saludos
Eddy, se trata del fragmento de una novela, un capítulo apenas, sobre el que deseaba opinión de lectores. Gracias por la gentileza de tu comentario.
Muy interesante narrativa bastante extenso,pero lleno de matices que conjugan un tema donde a veces se desborda la sensibilidad,gracias por compartir tu precioso arte saludos y feliz día.
Gracias por el comentario, Omar. Es fragmento de una novela que quiero calificar. De ahí lo extenso