A mis amadas abuelas

En la andanza por este mundo han transcurrido ya siete u ocho décadas ¡quizá más! gran estirpe has formado a través de los años, tacita imagen de aquella mujer que te han llamado a ser.

Llegando a tu lasitud la casta te ve y se niega a dejarte ir quizá sea la ego manía de seres ingratos, la extrañes de no padecer el dolor ajeno, la dolencia de corazones que jamás piensan verte partir a otra vida… quizá mejor.

Al descoser tus labios duele escuchar tu voz amarga, diciendo, diciéndonos: Ancio tanto partir, llegar al fin de la concurrencia porque este cuerpo mío que ya no aguanta.
¡Hijos míos mi transito comienza! Mas ver la murria entre sus caras pálidas, no ayuda a descansar.

Y es que ¿cómo obligarte a que te quedes yaya mía? Si tu padecer lo entiendo. Nadie que pierda crías en las vasta gas tinieblas deseara la vida al ver la muerte de su descendencia.

No prometo no extrañarte el día en que esto llegue a su final, más con agonía acepto, el descanso que añoras… vieja mía.

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