Clamo al viento vagabundo, traidor y poderoso,
las palabras que por un tiempo creí que fueran tuyas,
allí, dónde habita mi silencio ostentoso,
resonaran las campanas olvidadas,
agitando la más solemne misa de difuntos.
Me entrego al desconcierto,
a la histeria colectiva,
a la amargura sollozante,
a la muerte inevitable,
a la irritante creencia del “ser”.
Permíteme abandonarte con recelo.
Me dirijo por el sendero de luces caóticas,
recobrando mi sentido,
con la esperanza de que vuelvas a buscarme.