El niño
Ya he probado el sexo y el licor,
el placer dado es tan fugaz y amargo,
que no cubre ese dolor:
un nudo en la garganta,
clavos que la piel desgarran.
Es tan desolador.
Sólo puedo lanzar un clamor
a los cuatro vientos, diciendo:
«¿Quién soy?»
Condenado,
dentro de este seol.
Tiritando y crujiendo,
nunca sale el sol.
Vagando, cual Cain.
No sé adónde voy.
Yace junto a mí un monstruo
formado en el horror,
que clama por un poco,
un poco de compasión.
¿No te has dado cuenta?
Todo lo que necesita es amor.
Ese «te quiero» que nadie le dio,
resuena a ecos en su interior.
Le escucho llorar, sin sosiego,
hasta que se le rompe la voz.
Sigue dándole vueltas:
esos porqués y ese adiós.
Él no nació siendo una bestia.
A él la vida lo marcó.
Nunca fue de muchas palabras.
Todo, para sí, lo guardó.
Pudriéndose y corroyéndose,
poco a poco en su corazón.
El óxido llena folios
por los cuales le llaman escritor.
En mi pupila, el monstruo se refleja.
No es más que lo que quedó:
el recuerdo del niño que un día,
para siempre, murió.



