En una maldita mañana
donde tus envenenados recuerdos
de volvían efímeros,
la sarcástica palabra
se convertía en una oxidada hornacina
de hechos oscuros.

La solemne soledad
se envolvía en un polvillo de oro
que podían encontrar
en el minúsculo afasio
de un pulverulento arcón
que se encuentra en una siniestra caverna
cubierta de aquellos mares lejanos
de sabor a hipócritas entrañas.

De repente apareció
la nefasta desesperación
con un olor gratificante
cómo el aroma de los lirios renacientes
de una mañana soleada
destellada de una luz fluoresciente
llena de sabiduría errante.

Las mañanas claras
que pasaban en esa cueva
tenían un intrigante olor
a bergamotas recién florecidas
y el asfixiante mutismo
como los inexactos pensamientos
de un loco sordo y mudo.

Las noches obscuras
que pasaban en días veraniegos
que tenían un sabor a agua bendita;
sabor convertida de una ilusión efímera,
llena de olores benignos.