Legado de luz

Había una perrita que era todo un universo,
pequeña y tranquila, juguetona y preciosa,
con ojos que horneaban ternura
y un pelaje blanco salpicado de castaño,
una naricita rosada que olía el mundo
y un corazón que desbordaba amor.

Dizzy no solo caminaba a mi lado,
sino que conocía mis silencios
y hacía de ellos un refugio cálido.
Era la risa en mis días grises,
la calma en mis tormentas,
el consuelo que no pide nada a cambio.

Era divertida, leal, cariñosa,
la clase de ser vivo que enseña
lo que significa amar sin medida.
Quien la conocía sabía:
Dizzy no era solo una perrita,
era un alma que deja huella,
un faro de amor que permanece
mucho después de que se va.

Quince años juntas,
y aún ahora, en su ausencia,
su luz brilla más que la tristeza.
Porque quien tiene una Dizzy en su vida,
sabe lo que es ser amado
como nunca pensó posible.