La niña que buscaba un refugio

Crecí en una casa donde el frío no venía del invierno,
sino de las miradas.
Aprendí temprano que el silencio pesa,
que algunos hogares están hechos de paredes
que no abrazan.

De niña me refugié en mundos imaginarios,
donde escribir era la única forma
de no desaparecer.
Mis Barbies eran madres fuertes,
mujeres que caminaban sin necesitar a nadie,
quizá porque yo tampoco tenía a quién necesitar.

En la adolescencia mi cuerpo gritó lo que mi voz calló.
La ansiedad llegó como un mar sin orillas
y mis manos intentaron hablar el idioma del dolor.
Cuando busqué auxilio, los adultos que debían sostenerme
me ofrecieron cuchillos en vez de consuelo,
burlas en vez de brazos.

Entonces apareció él.
Ocho años mayor,
pero con la ternura exacta que necesitaba
una joven que temblaba por dentro.
Fue mi primera sensación de refugio,
la primera vez que un adulto no me dejaba caer.
Con él descubrí que la presencia,
cuando es genuina, puede salvar vidas sin saberlo.

Pero también aprendí lo que es perder un lugar
que nunca había tenido.
Cuando se fue, no solo se llevó su voz o sus abrazos,
se llevó la ilusión de ser elegida
por alguien que no estaba obligado a elegir.

Crecí fuerte.
Independiente.
La mujer que camina sola, que enfrenta tormentas,
que tantos admiran sin saber
que todavía busca un hogar donde descansar los huesos.

En el amor adulto encontré espejos rotos.
Encontré versiones mías que no quería ser.
Y un día, la vida me mostró de nuevo
que alguien más podía reemplazarme,
como si yo fuera un asiento vacío
y no una historia llena de cicatrices.

Ese dolor no nació en el presente,
sino en aquella adolescente
que lloró sin ser escuchada.

Hoy intento volver a mí.
A esa mujer que leía, que soñaba, que avanzaba.
Quiero reconstruir la independencia que un día me sostuvo,
pero sin negar la verdad que descubrí en el camino:
no busco que alguien me salve,
solo busco ternura,
esa que nunca sobró en mi infancia.

Estoy aprendiendo a ser mi propio refugio,
a decirme con calma lo que nadie me dijo:
mereces ser elegida,
aunque esta vez la elección venga de ti misma.