Coralio y el simio bibliógrafo (microrrelato)
Coralio finiquitaba la jornada laboral como reponedor en un supermercado, recogía los "bártulos", léase: chubasquero, mochila, radio, auriculares, casco y, naturalmente su medio de transporte, una vetusta, aunque hermosa bicicleta de carretera: cuadro de hierro, cambio de cuatro piñones, sillín de cuero, en fin, una "joya"; única herencia familiar, los siete hermanos la habían usado, disfrutado y, como no, destrozado también. Serían las seis y media de la tarde, Coralio montado en su velocípedo recorría las cinco calles que le separaban de su primer hogar -el segundo era sólo para pernoctar, como él siempre decía a quien le comentaba que pasaba más tiempo en la librería que en casa-, un lúgubre cenotafio repleto de libros encuadernados en media, cuarta, en octava; de gran formato, lomos dorados, fileteados; guardas en papel mármol etc..., música en diferentes soportes: vinilos, cintas, cedés, vídeos, deuvedés...; catálogos, directorios, literatura gris, manuales varios, partituras, cartelería, óleos, acuarelas, legajos, folletos, recordatorios... Un océano bibliográfico dispuesto para todos los marineros bibliófagos, que de uno u otro modo la vida les había alejado de ese mar abismal de las narraciones, poesía, cuentos, ensayos, aventuras. La cueva se intitulaba -nada más literario-, "Epitalamio", recordando al genial escritor gallego, don Ramón María del Valle Inclán, que publicó bajo este epígrafe, en su más tierna juventud, un conjunto de escritos hermosos y de una profundidad inusitada relativos al "bello sexo". Allí, bajo la mirada gorgona de Pedro -todos le llamaban "capitán"-, a la sazón, propietario absoluto de aquel camarote, se juntaba una prole abigarrada de indigentes, poetas fracasados, dipsómanos en la etapa sin alcohol, cleptómanos incorregibles, a pesar de la presencia amenazadora del "capitán"; funcionarios, ratas de biblioteca, amantes librescos, peregrinos, aventureros fuera de lugar, mujeres solteras y sus gatos; universitarios, tunos, aspirantes a escritor, aspirantes a encontrar un trabajo que le permitiera comprar mil y una bibliotecas, aspirantes a actor; doctos profesores jubilados, trasnochados, husmeando entre legajos inservibles para recordar nostalgias pasadas, militares retirados indagando sobre mapas, estrategias, logística y toda una pléyade de variopintos personajes, marineros, como así llamaba a todos Pedro. Pero, amén de todo esto que acabo de relatar y considerando que Coralio sentía por los libros, no sólo el cautivo placer de leerlos, oler esa droga compuesta de ácaros, fibras, infolios violados por todo tipo de manos; descubrir nuevos territorios, enfrentarse al finisterre en cada línea, en cada parágrafo, la razón fundamental por la que necesitaba acudir a diario a "Epitalamio", a eso de las siete de la tarde, al igual que la otra "tropa", era ni más ni menos que para contemplar la inefable escena donde el inseparable amigo de Pedro, un viejo simio llamado "Darwin", bajaba de su hombro derecho, cogía la bandeja del café y se la dejaba frente al escritorio, sin derramar ni una gota; después, sin inmutarse ante la platea, el mono se acercaba al fuego de la estufa, prendía un palillo de cedro y encendía el cigarro puro que Pedro aguantaba entre sus labios; volvía sobre su hombro con una tranquilidad pasmosa, somnoliento. Finalmente explotaba la ovación, ante la mirada cetrina de Pedro y Darwin, que como todos los veteranos libreros, casi no hablaban.




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Microrrelato o prosa poética