SIN MEDIDA

Dios recomienza a rodar por los parques elásticos
de lo irracional, llevando un balón de oxígeno
tras sus espaldas, para poder expulsar esos peces
de aluminio y de ese éter con el que los fuegos fatuos
inflan la luna, y esos peces respiramos
subidos en las bicicletas solares que van haciendo
con sus ruedas el tejido de nuestros corazones
que cicatrizan la niebla de las galaxias,
cuando besamos ese lodo de pureza
en las costillas de todo lo creado por primera vez.
Mis lágrimas de sorpresa son el fondo
donde aparece tu sonrisa a cuatro brazos
reiniciando mis osados planetas.
Llevo en mis pupilas las pupilas del Océano Índico,
y tú en tus muslos los muslos violetas del Mediterráneo.
Dios está orgulloso de afilar sus cuchillas de resplandor en nuestros apetitos lascivos, y nos llama tiernamente
con el nombre de diosas antiguas que por pies
llevan números impares y sus lechos
son las hipotenusas de millares de toros sacrificados
en la cima de grandiosas olas marinas.

Pero Dios nos hizo descubrir nuestra soledad,
y tus abrazos y tus besos se impregnaron tanto
de esa soledad que al principio no percibimos
por reunir atardeceres para nuevos besos.

A veces tengo ganas de separar las aguas
de esta angustia mitificada y hacerla doble
para compartirla contigo, y hacer de estas auroras grises
un látigo fuerte y contundente y marcar con él
los costados de este abismo averiado
en el que nos oxidamos por sólo haber descubierto
las cadenas que atan el sol
al autismo desquiciante de esta creación.

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