PROSA II

He aquí su imponencia monolítica abriéndose paso en el pecho: el hierro de su saña arrebata las sobras de las que me alimentaba, dejando el sabor metálico de la realidad.
Los pasos conducirán hasta el final del sendero, sin excusa alguna para detenerse: a su perseverancia debo el reconocimiento de pertenecer a esa raza de seres, cuya impudicia causa extrañeza y admiración, sorna e incredulidad, y despierta el instinto de los miedos.
Por los dictados de mis mayores aprendí a velar la mirada, ocultando el sonido crepitante del espíritu. Como si de una maldición se tratara, por la marca de la sed fui señalada culpable hasta sentir vergüenza de mi estirpe.
Me he confesado para conjurar la muerte, despertar ante mí la belleza de la vida. Hereje del código con el que me han criado, he salido a la luz rasgando mis mentiras con semítica pasión; pero de nada ha servido tanta lucidez en una tierra de sonámbulos: aquí la palabra no posee más voz que la que otorga mi necesidad. No hay esperas.
Sólo realidad.






Comentarios & Opiniones
Excelente obra amiga poetisa... me encantó. Es un placer saludurte. Un cordial abrazo fraterno.
Mil gracias por tu comentario, José. Estoy nueva en la página y he iniciado mi exploración. Un fuerte abrazo
Bienvenida María, que disfrutes tu estadía en este espacio literario. Buenas tardes.
Envolvente y real. Grata lectura.
Gracias, María Cruz!