Siglos de Níquel

¡Zonzo!

¡Bestia!

¡Mataste la voz!

Heriste el costado oculto de la muerte...

Heriste la sombra desvanecida,
heriste el espejo,
heriste la risa,
la bendita lágrima...

No somos el antiguo grito,
somos el polvo y las grietas de la vereda,
somos entre la simpleza y la complejidad,
la gris memoria de una población casi recordada...

Pulamos esa piedra que brilla,
tal vez brille más,
tal vez la puedan ver nuestros nietos,
tal vez hoy podamos agrandar
el hueco de la cueva,
tal vez las sombras nos parezcan de color...

¡Maldito seas demiurgo!

Malditas las manos que cosen la historia de la fe...

Saber que aún el hambre es un problema...

Pero la sordera es peor,
la ceguera está devorándonos lentamente,
la negación y la banalidad,
la fuerza bruta y la inanición emocional...

Los cántaros vacíos,
las ruinas mentales,
los ósculos apocalípticos del ocaso;
la luna pudriéndose
en esas noches inmersas en alcohol.

La fe desgarrando la sábana,
pero tú no estás,
el sepulcro nunca se abrió,
tú nunca estuviste,
ni siquiera la sombra en el Gólgota,
ni el templo;
creo que nada existió...

Fuimos engañados,
fuimos timados por la necesidad,
por la esperanza...

Somos un pesado número impar...

Una mancha borrosa en una pizarra,
un juego aburrido,
tal vez glorioso en su tiempo,
en el apogeo de su intrincación,
ahora, solo piezas amontonadas
en un sucio rincón...

Somos los divertimentos que nadie quiere ya...

Ya no somos más...

Comentarios sobre este poema