Dehesa extremeña

poema de Rude

Secarral que empapa la base,
limpio de blancas está el cielo,
no existe mar que la arrase
ni desdichado que no encuentre consuelo.

Decorada en sus cimientos por perfumes de lavanda,
el verde vencido ante el amarillo,
tierra fértil que no se ablanda
removida por la azada que labró el martillo.

El sol que contempla cálidamente en su trinchera
que vestida de horizonte al que todo dios venera,
cubre de luz las vendimias de los viñedos
y se refugia a salvo de todos tras las montañas de Gredos.

Ya se prepara el ejército de robles,
vestidos de galantería por el cuero noble
para combatir a las encinas,
reinas que pasean hojas tatuadas con espinas.

El canto del verdecillo dice que la vida es un rumor
y como rumor que baila sobre el viento sin dueño,
se desnuda el alma sin pudor
sobre el dulce cáliz del campo extremeño.

Decenas de barcos leonados vigilan el cielo hasta que mengüe,
vienen escoltando a la vida desde los puertos de Monfragüe.
Su hedor de fiel esclavo por el paisaje deja huella,
no temen a la muerte porque se alimentan de ella.

Seco está ya el valle, rocoso aguarda el camino,
el toro bravo observa firme, presa de su cruel destino.

El sudor que provoca el fardo, trabajo del buen caballero,
el esfuerzo aplaude en silencio cuando resopla el jornalero.

Comentarios sobre este poema