Mirar el cielo

Atisbo el firmamento:
un valle de peces enmallados;
pecera,
domo acuático,
pradera de almohadas,
tejado etéreo
que alberga al sol.

Envejece.

Ahora es posada
grisácea,
refugio decolorado,
aposento plomizo de céfiros,
asilo marino.
Siento ganas de paladear
un trozo de añoranza con sal.

Oscurece.

Contemplo
cómo espejean
las medusas centelladas
en mar y cielo,
y las mil y una truchas
y salmones marinos
que van apilándose
unos con otros
cual si fuesen
escalones de betún
configurando
los pigmentos del mar:
acrílico de olas.

Degusto el firmamento:
una manta que anuncia el final,
parvada de luces,
suceso;
me adueño de él con los ojos
y enloquezco
con sus cacofonías
de oscuridad y silencio;
siento el espasmo
de su pasión desbordante.

Palpo el frío de su llanto,
leve rocío de nostalgia,
trémulas gotas de recuerdos
que agonizan al caerme
y escucho a la animalia
de su vientre
tararear cantos dolientes
de asentimiento.

Me cautivo
por la noche melancólica,
la ojeo y de paso
converso con las nubes
desgajadas
por el matiz de las sombras
para entonces perderme
entre el contraste de la luna
y reiteradamente
desolado, eminente y desierto
mirar el cielo.