Hallazgos mortíferos en 23 primaveras y algunos días de cuarentena

A los veintitrés he aprendido que los milagros existen:
pero en forma de labios, miradas o sueños afilados.

He advertido con ferocidad
que hay amigos tanto de humo, roca, diamante, o zafiro,
y de otros más elementos homogéneos.
Y, además, nos quedaríamos mancos
para lograr contarlos sin que nos sobren los dedos.

También he sabido que me debo quedar callado
cuando estoy molesto, y no cuando estoy feliz;
porque si estoy feliz no molesto tanto,
y si sí lo hago,
me molestaría más no haber molestado.

Tampoco debo callarme
cuando alguien feliz me está molestando,
pero con su alegría.

Ya no soy un joven con problemas de niño,
sino un soñador con problemas de adulto;
teniendo como único tedio
el infantil dilema de ya no poder cantar
‘‘22’’ de Taylor Swift;
pero sí el refinadísimo ‘‘23’’ de Maluma
y el Conejito Malo.

Soy legal en el mundo desde hace dos años.
Dos años en que el mundo me ha enseñado
que no todo se cura con paracetamol o ibuprofeno
pero sí con las eficientes tácticas del amor,
aunque actualmente
nos lo pongan en cuarentena.

Porque el amor es a veces un aguardiente
pero entre amigos
no es más que una cerveza bien pinche helada.
Salud a la distancia.