Hierro Plata y Fragarias

“¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de sentimentalismo
, no se inflamaba los ejes del coche-correo ni se disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas calentadas al rojo!
TRISTANA
Benito Pérez Galdós.

Una senda divina unió Madrid y Aranjuez
Con las sonrisas del sol entre connubio de lechos florales.
Fui sobre el Jarama y el Tajo una vez,
A buscar sus ojos,
sus lares…
Al son del espárrago y la nube blanca
Vi llover la noche lunas a mares,
Como consolando las almas,
De los viajantes.
Y el vapor mecía nuestra cuna de fierros
Como intentando dormir
A unos huérfanos de tierra
Y de frágiles sueños
Férvidos…
Dejé atrás ciudades sin huellas,
Nogales y hogares,
Donde maduran endechas;
Y al tiempo la recordaba,
Con sus éteres —de ciruela—
Brisa de espino y azahar,
Lira rota a húmeda estrella.
PALPITAR.
A orillas de mi horizonte
Crecen los chopos y encinas,
Avisan olivos y cipreses,
Y enjundian olmos y moreras
El suave recuerdo que la nostalgia
En mi pecho no supo criar.
Soy peregrino solivagante
Un campo o un suspiro de Algodor,
Que a traviesa huele a destino
De azures, crespones y Mocejón.
Viajo sobre estas ánimas de metal,
Clavadas en la columna de la tierra,
Para recordar el mistral
De sus pupilas que enhebran,
Mis ovillos
Con el erial,
De los años sin ella.

VIAJE solar sobre raíles de plata hacia el Palacio,
Un dios de vapor y madera me traslada
Cual pensamiento ebúrneo y pasajero,
Y del mediterráneo los anhelos
Que tras ella no me procuro denostar.

Vibra y vibra el aguijón del viento,
Con sus jirones de grisáceos denuedos,
Aúllan las fragarias como despidiendo a la distancia
A fuerza de ósculos Ocaña, Ontígola y Ciruelos.
Y veo teñidos firmamentos
orlando relieves yesíferos,
Y la aulodia caliza
que deja atrás el recorrido;
Porque este ingenio poderoso
(traído a la vida por marqueses y Corte)
Me llevara a tu vera
De hoy y parasiempre.

MADRID
te dejo atrás
Con las mejillas ardientes
Con el brillo de la nostalgia
Exornando mis sienes.
Y siguen plátanos de sombra,
gatuñas y sierpes
de adustos carrascos
que me adormecen y nombran
tu dulce mirar.

ARANJUEZ
Me recibes absorto
—En mis pensamientos—
Con tus colores que ni Rusiñol
Logró emular.
Y en tus jardines
De edenes,
de fuentes y ondinas,
se mecen misteriosos claveles
tras rosales sin espinas.

Y en la sangre de tu Real Palacio
Lindan las almas de Isabel y Bárbara,
encapsuladas en las fragarias
Que alimentan mi cansancio.

¡Nave de metal que me llevas más allá de Majerit!
¡Rauda celeridad que tachonada de clamores
emerge por perpetuo vaivén,
atizona los vientos de mi atardecer
mientras mis latidos se confunden
con la niebla del amanecer!
Por eso ahora me pregunto:
Si fuimos solo uno
Una noche,
Un segundo…
Entre los murmullos de melonares y trigales,
que anodinos y esquivos
no nos vieron con buenos ojos:
Ojos de fe…

HACIA LA PUERTA DE DAMAS DEL PALACIO
Allí fue ella
—Allí me escribió flanqueando la Plaza de Armas—
Como cabalgando un milagro
Que transportaba sus pulsos,
Y sin necesidad…
Tuvo su prez el buen adagio,
De a su memoria
Traer mis pasos,
Y mi presencia,
Allá donde fueron sus trazos.
—¡Mujer me ha traído
este ingenio! —
Este percherón
De potencia feraz,
Esta saeta metálica
De Aran,
Que contra viento y terreno
Todo lo puede.
Yo a tu alma debo
El ímpetu y la briosidad
Del ladrillo visto,
Entre arcos de herradura
Que trajeron la noche
A reclamar mis instintos
Y sé que cruzó
el valle con sus recuerdos,
cubiertos de espuma férrea,
Y zozobrando llegó
A este Panhandle,
Donde habitan los ecos
Del vapor y de la lluvia
Autumnal y pasajera.
Su doncellez y su candor
Reverberaban más allá,
De la fragua del hierro
Donde los corazones
De la maquinaria
Tenían su porfía.
Más allá
(en las entrañas
del tren)
habitaba el fuego,
El hacedor de potencia,
Y los dedos de los carboneros,
Como cinceles de invierno,
Iban alimentando
Sus entrañas,
Con el retumbar indómito
Que se perdía en las provincias,
Y villas que dejaba tras de sí.

Allí fue ella sin mis caminos,
Sin mis destinos…
Transportada por los argénteos arcos
Que conocían fin en el capricho
Neomudéjar,
Y que con tintes de oquedad
Alebrestaban los roquedales
Con su matinal retumbar
De vivas horas.
Este mártir que busca unir El Sitio Real
Con Madrid,
Esta llama de ingeniería
Que amalgama
El horizonte cubriéndose de hollín
Y crespones de fragarias
Me ha traído por fin,
A las puertas de un paraje
Bucólico y tenaz,
Lleno de urnas
Y allende a
Toledo, Talavera y Alcántara.

Caminé BUSCANDO SUS HUELLAS,
Como quien busca el hálito huidizo del sol
Antes de fenecer,
Tras la escaramuza del día;
Y viendo los adustos caminos
Como quien ve albuznaques
Que comentan sobre
la filosofía del cielo y las elegías.
Yo no soy de ti y te busco,
y solo encuentro
Un eterno silencio,
De retornos, de piedras
Y de hojas secas en cinchera solar.
Parterre, que me viste caer
En los brazos de la congoja incierta,
Y hasta el Jardín de la Isla me hiciste
Llover, con insistencia,
Pariste mi alumbramiento y mi resquemor.

Por eso hoy te imploro las notas del retorno,
y que a lomos de tu heraldo férreo
me llenes de lunas y de las horas del Mar de Ontígola,
que vi mecerse con su taciturna cadencia de humedales.
mientras la vegetación palustre en concierto,
me invitaba a deshacerme en aulodias frías y tenues.

Caminé BUSCANDO SUS HUELLAS,
como quien busca arlequines alados
en los misterios de El Regajal,
pero no concebí más que corzos y truenos,
o la altanería de rapaces
acuñados por la cetrería de la vacuidad.

Noctambulas acequias del Mar Chico
y necesario empeño en evadir
su recuerdo colmatando sus lares,
sus horas,
y precipicios.
Sé que la tierra de este valle, sus cerros y vaguadas
Atrajeron a entomólogos nuevos
Que gracias a este tren
Descubrieron una riqueza inexpugnable hasta el momento.
Yo por mi parte
Solo descubrí el cieno
La litología y los ruinosos
Concursos del espino negro,
Poblando mis recuerdos,
Acunados en las tumbas de sus ojos
y en el eco extinto de su voz.
¿A dónde partiste?
— Me pregunto con voz tosca y esculcando los fogones y hortales de la distancia siempre enhiesta—
Aranjuez no lo sabe,
no lo saben las masas arbustivas de coscojas,
que como testigos del avance del tren van dejándome entristecido,
mientras los terrenos calizos van apurando los adioses de romeros,
salvias y esplegueras.
y ahora levanto la mirada sorteando el espanto,
la tibieza de jabunos y artemisas;
retamas de aulaga que con sus ósculos jaldes
van empañando mi morada
de domine filosofal.

Partiste mi firmeza y mis cantiles.

¡Oh fortuna aviesa,
que con desdeñosos reflejos
cubriste mi viaje de atezados deseos!
SOY AHORA
tracción vapor y potencia a cenit:
me alejo, me difumino como las voces
Que en mi cabeza llevan las almas tuyas…

Esas que en naves de adioses abarren
las umbrías, entre el carey del terreno
y las espuelas del alba que unan,
las zahareñas adelantadías del horizonte.

¡Oh fortuna que capuceas la mar
para obtener sus favores con ardores
de paja y metal!
Ya fenecen los destellos en las memorias de las vías,
Y mientras su rostro me tiñe de ambiguo pesar
recuerdo su sonrisa anidando
En mi pasado de mis días.

Pariste mi alumbramiento y mi resquemor.

Por eso hoy te lloro,
y a lomos de tu heraldo férreo
visito las tumbas y las veleidades del Leteo,
que se guareció antenoche en tus hombros,
mientras la alborada y el acero,
se fueron confundiendo entre himeneos,
vanitas de adagios en tus ojos.
ROGERVAN RUBATTINO ©

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