Nada quedó

Ya no había más qué hacer.
Tu alma lloraba lágrimas de silencio y mis gritos ahogados no lo podías escuchar.
Nuestras sendas eran nebulosas
y sin rumbo.
Las palabras dejaron de tener
sentido; nuestros oídos
se tornaron sordos
al entendimiento y nuestras
miradas eran distraidas
y ausentes.
Mi figura era parte del los muebles, a la par del jarrón
de las rosas secas y olvidadas.
Tu paso estaba siempre
listo para partir,
y tu mano en la manija
de la puerta.
Así qué mi mano dejó
de buscar la tuya, mi puño
se fue cerrando de a poco
junto a mi corazón
que olvidó sus ilusiones
perdidas.
Tus esperanzas, las tenías
en otro mañana,
y ya no había más que hacer
pues nuestras almas lloraban
lágrimas de silencio.

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