El hombre de la armadura.

El hombre de la armadura.

Era un hombre de corazón duro.
Frío, seco, fuerte, firme y rudo.
Se cubría con su armadura de acero.
Ante todo, y ante todos, él, se anteponía primero.

Frío cual témpano de hielo.
Con semblante noble y corazón de hierro.
Insensible se mostraba, ante el mundo.
Caminando por la vida, cual vagabundo.

Seguro de sí mismo, como un cuatrero.
Nadie cuenta haberle oído decir, un te quiero.
Aunque su rostro inspiraba confianza.
Latente siempre estaba su amenaza.

Para ser feliz o infeliz, se bastaba el mismo.
Para sus quejas o dolor, nunca pidió auxilio.
De las rosas su belleza y su aroma disfrutó.
Y sus espinas, no le producían dolor.

Más parece que el destino, ahora lo alcanzó.
Su armadura es frágil, pues el tiempo la oxidó.
A pesar de su fortaleza, vulnerable ahora está.
Pues su caparazón, no lo protege más.

Un flechazo bien lo puede herir.
Hoy tiene mucho riesgo, incluso de morir.
Su corazón permanece temeroso y mudo.
Pues no sabe que aconsejar a su vagabundo.

Confundido está de más, no sabe qué decisión tomar.
Una rosa diferente lo cautivó de más.
Y contra eso no sabe cómo luchar.
Esta rosa, donde más le duele lo vino a pinchar.

por vez primera su armadura no lo pudo resguardar.
Y se cuestiona. ¿Cómo una simple rosa, me pudo cautivar?
Ante ella y sin darse cuenta, su guardia bajó de más.
Se despojó la careta y hoy postrado ante sus pies está.

Boyo Lucio Martínez.

Comentarios sobre este poema