En este frío y lúgubre Martes

poema de Clara

Lo único en común entre tu y quien amaba
(o tal vez admiraba)
Es que de mi sacaba
aquello que escondido
guardaba con suspiros.

Puede que ni eso,
pues desde que entró, todo sale,
es cosa suya y mía
de más nadie.

Pues a quien yo amaba le amaba por ser sincero,
También con sus pruebas y desvaríos,
sus inseguridades, su regocijo,
y aún todo
su constancia y persistencia.

Yo sabía que entendía lo que nunca nadie
(yo a él y él a mí, así lo habría entendido al leerlo)

Y tan sólo quería que más libre si es que se pudiera,
conmigo fuese,
(en el ví el mismo motivo,
mas con mayor lógica y sentido)

Y así nos despedimos,
Siendo él quien siempre quiso
Sin guiso con enigmas,
ni cordialidades, ni dobles tintas.
Y yo me tragué unos húmedos ojos de estrellas,
una exacerbación salivar,
y un ilimitado y potente aplauso
que en mi mente resonaba bien fuerte,
mas se transformaría
en el presagio
de una lluvia torrencial.

Si le amaba, o admiraba, no sé,
sobre todo era por lo que el alma decía tras sus ojos,
En sus gestos y en el brillo.

Le amaba por su mirada de cazador tan fija y seria,
a veces triste,
pero siempre curiosa y con brío.
Seguramente su seriedad por lo que a través de otros vivió o vivía,
la mía por lo tempranamente vivido,
La verdad puede que un poco de todo en los dos,
tanto no compartimos.

Lo que dió el clima perfecto
para multiplicarnos hasta el infinito.
Me preguntaba cuántas veces eso habría vivido
Yo jamás, nunca antes,
la que de experiencia carece sin duda soy yo,
y él también lo dijo,
mas no sé cuanto hablaba conmigo,
Y cuanto hablaba consigo...

No sé si el conocimiento de mis pupilas le asustó,
y necesitaba estar tranquilo,
O tan sólo confundió mi intención,
Mas... no tendría sentido.

Y es por eso que nos unimos en lo mismo,
Es por eso por lo que fuimos todo y nada,
entre suspiros.

Por aquella frágil y rota voz que con su rostro no casaba,
pero sí con su corazón,
y desde luego con el mío.

Yo sigo siendo la misma,
clara y transparente,
mirada de manatial
que a veces le escondía.

No por miedo a que me entendiera,
mayor deseo no cabía en mi pecho,
sino que no viera
lo que su exhibicionista alma
me mostraba,
Y no se sintiera desnudo
ante el mundo
en medio de la vía.

Es verdad que con su belleza
jamás nadie en lo tan profundo ahondaría,
Y creo que me equivoqué porque él jamás mostró ese tipo de problema,
¿Quizá equivoqué su intención y alma?
Es ahora que me doy cuenta.

Pero para mí sentirse desnudo en dichas circunstancias de lógica carecería,
como osadía lo hubiese sentido,
El ya sabía que acostumbraba a pedir perdón,
más de lo que debía.

Bueno... También muchas veces ocultaba lo que una parte de mí deseaba,
No solo por improdecente o no estar preparada,
Sino porque la curiosidad por su mente
llegaba mucho más lejos
que en lo que cualquier otro efímero deseo,
pudiera albergar.

El seguirá siendo sincero,
De alma cristalina,
sin duda lo creo.
Y llevo tanto sin verle
y lo anhelo
Que en este papel,
en cualquier parte,
En este lúgubre y frío martes,
lo veo porque no lo veo,
y locamente espero...
Algún día de nuevo,
verle.

A ustedes amables almas
les comparto este escrito
Pues la esperanza se desvanece
y yo conservaba entre suspiros,
lo que al oído tan sólo a él,
le quería contar.
Pero ni puedo,
Ni quiero,
Ni recuerdo el sentido ya.
Y sí de pena muero, al menos,
... Le quedará.

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