Claroscura habitación, amor tangible.

poema de Clara

Noche de Sierra,
de frío y calor,
sigilosa y tranquila
la cama respira
en el vaivén
de mi amor.

Siento el calor
en el ascenso
de mis dedos
por tu cuerpo,

mis dedos
de teclas
de celesta,
y empiezo
por el final
de aquella canción.

Noche de Sierra
caliente se cena.
Me incita
con execrable razón,
el inusual olor a cerveza
que inaplacable atracción
me produce,
y fue mi exquisita condena...

Noche de Sierra,
la cama está en vela
y también reclama
majestuosa cena
de amor y calor.

No sé qué me entró.
¡Tan impropio de mí!
Entre el canto de tu aliento,
mis descontrolados dedos
jugando en
tu atractivo
bosque espeso,
en círculos
cada vez más intensos,
por evitar esa musa,
esa intensa canción.

Y enrabietada y medio confusa
capitaneé la Sierra entera.

Y con el ascenso del calor húmedo
chocando con este frío de noviembre,
todo el cielo
con nubes difuminé,
prolongando nevadas
por al menos un mes.
Y despertamos
almas en vela
con cena profusa.

Despertamos al cabecero.
Despertamos al perro.
Despertamos a la luna,
¡al mundo entero!
Despertamos el instinto
más tierno y travieso, pero...

¡No pude con aquel cabecero!
Con aquellos sincrónicos ladridos
(como aquella vez junto al río
mis incontrolables destellos,
a intempestivas horas,
despertaron a los pavos reales
que reposaban en los altos nidos
de aquellos pinos,
cuyo reclamo
nunca antes había escuchado,
como imitando los míos,
de la risa
casi me ahogo junto al río)
en mitad de la noche
¡Y todo el mundo dormido!
¡Consiguiente protesta con golpe!

Pese a la pletórica canción de tu voz
que mecía mi barco,
y yo a punto de desmayarme,
solté el timón y me lancé al vacío
(al menos disfrutamos de tu encanto).

¡Lo siento no puedo! ¡Qué pudor!
Tú no me entendías,
de vergüenza me moría
y el arpegio pianísimo de mi risa
resonaba en la habitación.
Y el perro tan rabioso,
todo tan absurdamentre surrealista,
¡aún lloro y río de emoción!

¡Dios qué vergüenza!
(¿¡En qué momento se me ocurriría!?)
Reía y reía
con la luz apagada,
la boca tapada,
la locura encendida,

resonando
en la claroscura
habitación.

Mi última imagen grabada,
el perro en frente de la cama,
con media cara iluminada
por la tenue luz del servicio.
Y ese gesto entre
serio, culpable y pecaminoso,
como si estuviese en misa.

Y de nuevo el arpegio de mi risa,
escapando entre los dedos
en la, llena de luna llena,
habitación.

Aunque eché en falta el culmen de oxitocina
y pasar en segundos por todo el vergel emocional...,
fue una noche para nunca olvidar.

Y sin que sirva de precedente,
que no sé que pasó por mi mente,
por muy extasiado que me recuerdes
con esas tiernas sonrisas de ojos
y esos piropos a mi yo capitana.

Desengáñate,
que cualquier insistencia
es vana,
que no sé
qué pasó por mi mente.

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