Capitúlo Dos: El Anfitrión.

poema de Silvestre

“"El sacerdote para hacer mucho bien necesita unir a la caridad una fuerte dosis de amabilidad." Para hacer el bien se necesita valor, estar dispuesto a sufrir cualquier mortificación, no hacer sufrir nunca a nadie, ser siempre amable. Siempre se debe preferir el bien general al particular. Nuestro beneficio particular no debe tomarse en cuenta cuando se trata del bien común. La mejor manera de adquirir méritos consiste en hacer el bien sin mirar a quien, cada vez que esté a nuestro alcance, sin esperar recompensa del mundo, sino de Dios solamente. La mejor manera de apaciguar las controversias consiste en tener paciencia y caridad. Vince in bono malum. Por lo demás estemos contentos en unión con Dios."

-D.B-

El ANFITRIÓN

― ¡Señor!, ¡señor! ― un chiquilín de no más de veinte años correteo alrededor suyo. Entre sus pueriles dedos, cubiertos de suciedad apelmazando sus uñas también mugrientas, llevaba una cúpula de cristal muy hermosa.

Su interlocutor, escudriñando unos papeles con el rabillo del ojo, serio y preocupado, no le presto atención. Una lupa neta, exponíendo su aumento por enésima vez modificado, le vislumbro algunos puntos llamativos entre las líneas allí prescriptas. Oteó los documentos, empecinado por hallar la respuesta a sus preguntas e inquietudes. Ya debería haber llegado a una resolución. Toda la noche en vela, repasando los itinerarios con un dolor estremecedor curtiéndole las sienes, le exasperaban.

El pequeño, con sus típicos ropajes de explorador y una gorra que ocultaba sus desprolijos mechones negros, hiso unas cuantas piruetas graciosas de acrobacia alrededor suyo, esperando una señal para darle a conocer las buenas noticias. El hombre, bastante mayor y con su pelo lacio, azabache, cayendo sobre sus flacuchos hombros, preso del nerviosismo, continuaba releyendo las paginas temiendo haber omitido alguna frase que pudiese rescatar del montón.

Después de quince minutos sin conseguir una solución a su problema, echo su pesada, aunque flexible espalda hacia atrás, sosteniendo entre sus labios curiosos, un habano que destilaba un humo que envenenaba el ambiente y atosigaba al pobre joven que nunca degusto uno en su corta vida.

Víctor, emitiendo profundas caladas de aire que aparecían en semicírculos, evaporándose en la inmensidad, sentía una aberración particular hacia su estudio y lo que habitaba junto a él. Nada le hacía gracia. El ruido ensordecedor que llegaba desde la parte externa del jardín por obra de unos exploradores y arqueólogos le tenía cansado. Dos semanas antes, unos famosos empresarios le habían sugerido realizar unas excavaciones en busca de petróleo negro. La razón era comprensible, los pedazos de animales prehistóricos como dinosaurios y aves ya extintas eones atrás estaban solidificados en las repujantes arenas del páramo donde habían erguido su humilde orfelinato.

Muchos de sus estudiantes: niños sin padres, al igual que jóvenes carentes de estudios u obligaciones en sus infortunadas vidas, siempre estaban en búsqueda del eterno bienestar y sus ojos querían comprender el sentido de todas las cosas, las reales aspiraciones del ser humano.

Ya no les bastaba quedarse en sus hogares, tranquilos, patitiesos, imaginando aventuras o soñando con un futuro tan lejano para ellos debido a su corta edad, tenían que escapar y conquistar sus ideales a fuerza de voluntad y trabajo duro. Aunque por supuesto, la otra parte, eran muchachos obligados por el mismo sistema corrupto o el abandono temprano de sus semejantes a estar conviviendo en las solitarias calles sin otra opción que acarrear sus pobres y nefastas existencias, quizás, removiendo basureros o alquilando si tenían suerte, un sencillo hostal donde pudieran cerrar los ojos una noche sin sollozar al amanecer.

Perdido entre sus pensamientos, sin advertirlo siquiera, empezo a recordar como se inicio su larga e interminable travesia.

¡¿Cómo olvidarlo?! había sido en aquel entonces: un pequeño enclenque. Un hijo olvidado de las sombras, un feligres más.

Todas sus ensoñaciones sobrevinieron de golpe, casi como una epifania. La vieja casona adonde estudiaba largos años, en compañia de sus padres y hermanos. Luego, una despedida necesaria. La persona qué tendría en su corazón ya adulto, por siempre, también ocupo un lugar en sus memorias. ¡Ah! el antiguo sacristan. Su segundo padre.

Él había finalizado sus exámenes, retirado y agasajado con honores. Los presbiterianos, sus longevos superiores, le aplaudían con las palmas abiertas entrecerrando sus labios con exaltadas farfullaciones de emoción y lagrimas corriendo por sus mejillas señiles. El mejor alumno, finalmente, pudo superar a sus maestros a pesar de haber sufrido la pérdida lamentable de su antiguo mentor: un monje canoso de origen modesto.

Hacía algunos años cuando él se encontraba oculto entre pajas y heno escabulléndose para evitar ser interceptado por fantasmas y demonios, que como pesadillas, le asaltaban siempre cuando iba rebuscando algo que comer, una alucinación le tomaba por desprevenido. Caía a tierra bañado en sudor y sangre atisborrando sus lozanas facciones de niño muerto del espanto, como del padecimiento letal. Huía sin mirar a sus costados o virar su cabeza alargando así, un instante más, la vida que iba periclitando por soportar esas humillantes persecuciones que no poseían fundamento alguno. De día o al anochecer, constantemente abofeteado y sacudido por terribles vejaciones tullendo su carne aún virgen y casta, le repercutía arduamente en su salud.

Ir al colegio que se encontraba a unos veinte kilómetros lejos de su hogar, era una tarea imposible y le quitaba el aliento con solo deambular los pedregales desiertos que se extendían más allá de los rozagantes cielos inmaculados. A veces, muchas lágrimas sanguinolentas en brotes como sarpullidos, le extraían la esencia que le sostenían de pie a duras penas. Sus maestros lucían perplejos y tenían miedo respecto a lo que significaba ese joven conviviendo entre sus demás alumnos de renombre. Víctor les comunico su frenético anhelo por abrazar la Cristiandad, no obstante, precisaba ayuda para costear sus estudios. Su oficio era insalubre, eran muchos los integrantes de su familia, un hermano mayor les ayudaba pero su carácter ostentaba muchas falencias. Cuando la situación era meritoria, el pan escaseando sobre su mesa, los niños jugando en su jardín trasero, lo sacaban de eje y debía poner las reglas entre sus semejantes. Su madre, una mujer no tan llamativa de aspecto físico normal pero que alardeaba unos lindos orbes color azul pálido les trataba con amor y devoción absoluta.

Había tenido muchos hijos, pero su favorito era sin duda él, un buen retoño nacido para llevar la palabra de Dios a los corazones errantes, caprichosos, que pretendían obviar el buen camino del redentor. Desde temprana edad le había inculcado esas enseñanzas, su orgullo de madre anquilosaba el mal humor de su otro hijo, le comprendía y no iba a inmiscuirse en sus proyectos, le acompañaría.

Si no fuera por ella, no hubiese podido zanjar los problemas y seguramente habría retornado a casa, desahuciado, pobre, andrajoso, sin esperanzas o fe que sostener. Su viejo maestro lo hayo un día, cubierto entre telas y pajas, suscitado una plegaria con un viejo rosario entre sus dedos nerviosos. Víctor no confiaba en nadie, pero tampoco desestimaba a un peregrino, su amabilidad era más provechosa que su insufrible terror. Aquél hombre le inspiraba una cierta confianza, no se conocían y a pesar de eso, Víctor, le acepto como guía. Le contó, mientras el octogenario, bebía una taza de cafe humeante, sus proyectos a concretar si obtenía una ocupación que le profesara algunas monedas para trasladarse al interior y con suerte, obtener una beca donde pudiera sustentarse estando allí, cursando las materias de posgrado. Entre suaves risillas, el forastero le observo con detenimiento y le dijo unas palabras a modo de consuelo:

― ¿Víctor, no? ― suspiro en tanto, indagaba su mochila repleta de baratijas. ― aquí tengo una sorpresa. Dime, ¿te gustan las imágenes de yeso?

El pequeño, ingiriendo unos sorbos de aquella taza entremezclada con suaves fragancias, poso un dedo haciendo redondeles, queriendo apartar sus miedos por breves instantes. Al oír la interrogación alzo su cacheton rostro, el cúal, mostraba algunos golpes y magulladuras surcándole la frente y parte de sus pómulos, el cura se impresiono al templarle.

― Claro. Es más, llevo conmigo unas figuras de protección. Mamá supó enseñarme a pedir ayuda a temprana edad, los monstruos eran terribles, defenderme era necesario. ― sacó unas esfinges algo bonitas, de grosor normal, que cabían en su mano derecha. Entreveían unas caras repujadas como ídolos, aunque su expresión era solemne y tenían rasgos de hombre y mujer en ellas. Él sonrío al mostrárselas. ― ¿lo ve?

El anciano asintió. ― Podemos intercambiarnos las que nos sobran. ― le enseño tres que custodiaba recelosamente. ― Estos son: Miguel, Gabriel y Rafael. ― eran figuras modestas y gentiles.

Víctor empujo una mueca satisfecha, estaban empatados. ― Le presento a María, Jesús y San Agustín. ― con graciosa exaltación, revelo sus preciados tesoros. ― Ellos siempre me protegen.

Aquel cura sintió la necesidad de transmitirle unas palabras, no sabía porque ese muchacho le transmitía un aura de paz y sosegacion. Era una especie de hechicería fraudulenta, le daba confianza pero también previsión. Su costumbre no fue otra que merodear la tierra en búsqueda de almas dóciles y perdidas que ansiaran el sagrario. Necesitaba reclutas, sangre fuerte y ese niño apesadumbrado en temores sería de mucho provecho, reflexiono:

― Sabes, he vagado incontables décadas por estas llanuras. Mi suerte, flaquea, estoy atravesando una época algo conmocionada para mí aborrecible alma. ― dijo al fin. ― ¿Habré cumplido la voluntad de Dios, o le falle sin escrúpulos? ¿Él conocerá el estado de mi corazón? ¿Me juzgara por ocioso y déspota? ¿Ruin o malvado? ― lloro al repetir esas ultimas frases, Víctor le quedo viendo, el hombre enjuago sus lagrimas con el reverso del puño acaecido por muchísimos sentimientos tan dolorosos.

Él, conmovido, pero sin titubeos, coloco una mano sobre uno de sus férreos hombros. Empujo una mueca intrigante y le hablo confiado. ― Dios te conoce, eres alma humilde. Créeme he charlado con él.

El anciano monje sollozo de repente. Ese niño tenía un don, un alma pura y gentil. ¡El creador sea alabado! ― ese fue su pensamiento, tiempo después de regarle una bendición y marchar a tierras lejanas.

Víctor, entre desconcertantes murmullos le consagro a su manera. ― ¡Cristo! ¡apiádate de él!

― ¡Señor!, ¡Señor! ― su pupilo favorito brincoteaba alrededor con gestos raros y contraproducentes.

― ¿Qué precisas enano? ― le recrimino. Se había extraviado del espacio y tiempo. Ni siquiera sabía textualmente a quién le estaba hablando, de no ser por esa estupida gorra que Julius usaba para su desencantamiento.

― Le fascinara, señor. ― rompió los cipreses entapujando su maletero de menoscaba procedencia. Se veían algunas señas de rasguños ensombreciendo la parte externa. Y un dibujo obsceno residía allí pintarrajeado con crayones y temperas. Víctor rechisto furibundo.

― ¡Mocoso! ― chillo, haciendo volar sus papeles al suelo con pura saña. ― ¡borra eso ya mismo o te golpeare, me oyes! ¡estas en casa de Dios, no en un cabaret repugnante!

― Perdón. ― inclino su enmarañada cabeza, dubitativa. ― tenemos excelentes noticias, el pozo minero ha entrado en erupción. Los hombres ricos quieren realizar una investigación completa. Precisan su consentimiento de antemano, hoy mismo sacaran los prototipos y recurrirán a las salamandras. ¡Están eufóricos! ¡Lo hemos conseguido! ¡Seremos unos instigadores millonarios!

Víctor rememoro esas concluyentes frases, aseveradas con tanto ahínco y goce. Seis meses adelante, Julius contraía la peste negra y moría sin remedio. Los trastornos de esa enfermedad resultaron fulminantes, todo su raquítico cuerpo sufría espantosos calambres y le había arrebatado hasta las ganas de comer y dormir. Él, pacientemente, le ayudo, hasta que sus tiernos ojitos se convirtieron en un espejo necrotido, sin pasión, vencidos solo por una muerte, famélica, obscura y maldita. ¿Cuántos siglos habían transcurrido?
¿Podría, incluso ahora, recordar como sublevo su esencia humana para transformarse en éste ser tan ruin y despreciable?
¿Su devoción y sacrificio hacía Julius, con la esperanza real de poder rescatarlo del inframundo, después de resguéar un trato con Angeliqué tendría suficiente valor para no sentir la pobredumbre en su sangre ya maldita?

¿Quién lo hubiese dicho? Ya el telon estaba en su fase culmine. No había marcha atrás. El anfitrión era un demonio carroñero y necesitaba aniquilar la suculenta ambrosia de espiritus gentiles, solo así, la paz de segregar la existencia de los mortales, como un día, Julius; la poseyo, tendría el mismo significado que nada. Solo la oportunidad de ver perecer a otros también repróbos. Si aquél jovencito humilde y gentil, un alumno inocente, habia sido dilucidado por la muerte, otros merecian tal o peor castigo.

Los gritos dormidos, sobrevenían de oscuras y sempiternas fosas, regurjigantes de exhalaciones clandestinas, inyectadas en magmas descalcinados en tonos purulentos e índigos.Su traje de gabardina, pulcramente tapizado por excelentes costureras, le ennoblecían sus malignas facciones. Aspiro la delicada gota de rocío surcando con primorosas salpicaduras el bolsillo izquierdo donde un Clavel, blanco, minúsculo, residía allí. Ya era tarde, Angelique les precisaba, no había marcha atrás, nunca tuvieron esa opción.

― Bufón. ― un eco estentóreo, ágil, sonoro pero inadmisible, atribuido a su show de medianoche, seguido de aplausos sucesivos, procurando ocultar unas lagrimas del maltrecho y aún hermoso rostro que antaño, columbraba unos ojos azules pero ahora, se revertieron en violetas más claros. El aludido se aproximo hasta él, pululando una sonrisa magnética, odiosa y empobrecida de tanta perversidad que asustaba al mismo Anfitrión. ― Necesito saber como puedo sabotear los planes de Silvestre. ¡Ella ha de morir!

Una ráfaga colisiono sin precedentes sobre las mazmorras negras.

Comentarios & Opiniones

Omar Ramón Adjunta

Colega Silvestre,sencillamente impresionante tu bella narrativa,y me atrevo a darte un consejo deberías escribir un guion para una película,tienes un magnifico don que hay que explotarlo.Estrellas saludos.

Critica: 
Silvestre

Gracias chicos, besos.

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