La mujer que daba de comer a las palomas

poema de Penelope

Cuentan la historia de esa mujer plebeya
cuya vida pasó alimentando a las palomas,
lázaros de su alma canto y onomatopeya
cada tarde en la plaza les cantaba en su idioma.

Cuentan que su soledad de buenaventura
como atuendo irreversible de sus gruesas canas,
el augurio de una bandada de alas blancas atraía
y desde las nubes descendían abrazando su figura.

Cuentan que pletórica sacaba de su bolsa de harapo
migajas de pan y gachas de recuerdos abotargados,
bajo el chorro de una fuente de saudade aparecían
y el baile de las palomas custodiaba su anonimato.

Cuentan que los niños correteaban alrededor de ella,
cuentan que algún músico de calle la velaba ,
con su caja de violín abierta para recibir monedas
Y que al terminar se acercaba y se las entregaba.

Música es la que ella le inspiraba con su morriña
en esa víspera diseñada para una tour de adagio,
parejas de novios fundidos en un dulce sufragio
deliberadamente se besan mientras ella los guiña.

Un arco iris se conduce hacia la meca del ocaso,
velcro de caricias encuadernadas en la gripe
de un atareado mundo que el dolor desinhibe
por la muerte de esa mujer que nos ha dejado.

Turbantes de palomas frotan las crostas súbitas
de la barca que la muerte tras de sí ha dejado,
en sibilantes hondas de valientes Valquirias
sobre la tumba de la anciana danzan sin descanso.

Nunca olvidarán su pulcra tesitura
ni el filtro de sol sobre sus hombros
alguna migaja de pan que también la llora
cobijada en la tundra de algún escombro.

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