Perfidia colérica.

Abrió la puerta, vio cómo la cucaracha se apoderaba de la piedra,
no se pudo contener,
paulatinamente la perfidia se apoderó de su ser,
grandes ojos oscuros enfervorizados
en la lobreguez del jueves se manifestaron,
lentamente levantó su extremidad derecha
y con toda su fuerza "CRASH",
destrozó al negruzco heterometábolo.
Su risa lo delataba, deseaba caminar y caminar,
encolerizado corrió y corrió,
observó detenidamente a la anciana que
transitaba por la esquina de esa calle y
pronunció atiborrados berrinches dignos de un maniático,
se aproximó a la mujer,
y rápidamente golpeó su rostro,
al unísono su risa se apoderaba del ambiente acústico de aquel lugar,
y mientras estrangulaba su suave y bello cuello
sentía el clamor de la elegante anciana
que estimulaba el furor inicuo del joven asesino.
En acto seguido el joven no se pudo contener,
sus lágrimas brotaron de sus esferas diabólicas,
aún así no sabía qué hacer...prefirió largarse a su hogar,
llegó,
abrió la puerta rápidamente en búsqueda del habitáculo de las micciones,
ya estando en ese lugar se observó
en el dantesco espejo que asolaba su triste semblante,
y comenzó a repetir las siguientes palabras:
"hermosura de bellas sienes ensangrentadas,
adorable sangre que succiono
y fortalece mis suaves músculos,
mientras múltiples erecciones se apoderan
de mi arrepentido ser dignificado
con la muerte de la arrugada piel de la anciana que se encontraba en esa esquina".
Luego del preámbulo, rápidamente a causa del pesar del asesinato,
se golpeó contra el rectangular espejo,
una y otra, y otra vez,
y así sucesivamente su cuerpo se inquietó, y ya sin fortaleza su exánime
materia se encuentra en el suelo, desangrándose.
Charcos de fluido color marte se apoderaron de la
cerámica cual río afluente extendiéndose sin calma
apropiándose de la habitación.
Magnífica fotografía se podría haber tomado,
un cuerpo, tormentos, sangre, y sólo lamentos,
la belleza de la locura hecha una imagen imperecedera,
hermosura intrépida de la escena triste.
Cuando...en aquel mismísimo momento llega su pequeño hijo de 5 años a su hogar,
éste ve horrorizado la tétrica escena familiar,
tan excitante,
demonizada hasta el límite de la abstracción,
y cae al suelo.
Luego, desgarrándose la garganta al expresar toda su tristeza,
manchándose con sangre, quedando rojas sus manos,
tocando el cuchillo,
y lentamente frotando su lengua contra él, una y otra vez,
a modo de placer álgido,
a modo de cura para la pesadilla del onírico fuero interior de su madre,
que en su catarsis interna accedió a la luminiscencia
a través de un cuasi-botón.