Desarraigado, sereno y frágil

poema de De Pando

Duke Ellington & John Coltrane: In A Sentimental Mood

En esta noche de febrero
llena de baladas sin público,
me siento ajeno a las nubes que arrastro,
esas imprecisas conjeturas de humo
que no son más que un silencio pasivo.

Y mientras regreso a casa
un día más
una noche cualquiera,
comienzo a sentir este soplo azul
de vientos genuinamente íntimos,
invadir toda la soledad que estaba sembrando.

Un soplo tan dulce como un piano sin miedo
y tan abatido como un saxofón huérfano.

Mi estado sentimental está cercano a la nostalgia,
desarraigado, sereno y frágil.
Mis palabras son un armisticio
entre mis ganas de huir
y las de sentirme vivo.

Entonces durante este baile de notas
disonantes y armónicamente añejas,
un continuo vaivén de suspiros
comienzan a desempolvar un puñado
de carencias por resolver.

Un puñado, lleno de aullidos sin auxilio,
unas calles repletas de asfixias desbocadas,
unos parques con todo por confesar.

Son los frutos de la caída,
esa constante insuficiencia
de querer sin poder
de ese cantar sin voz
de ese volver sin llegar.

Y todo regresa a mis costillas,
a esas fronteras de huesos desvencijados
que tratan de aislar la sangre que acompaño
de todos esos claveles afilados que me persiguen.
Y en esta frontera de incertidumbre,
próxima al desencanto,
intercambio como contraataque esperanzas melódicas,
quimeras confeccionadas por manos descosidas,
lloviznas de deseos derramados,
teorías de viento, consuelos de lumbre.

Ahora
todo vuelve a casa.
Ahora
soy todo lo que habito,
mi espalda es un prado desolado,
mis pupilas una niñez sin oídos,
mi boca una hoguera sin leña.

La noche se alza libre y es compasiva
en este doler dulce,
en este amargo ejercicio de la tinta,
en esta resignación irresoluble del suspiro.

Ahora
que todos mis recuerdos
pertenecen a la mitología del ayer,
que todas las estrellas
me miran con la misma indiferencia,
es cuando regreso a mis catedrales de sal,
a mis confidencias de espuma,
a mis heridas por el cierzo.

De poco me sirve huir
si los charcos tienen apellidos,
si mis huesos necesitan otra piel,
otro idioma, otro credo.
Si mis pesadillas son apátridas
y las dolencias reincidentes.
¿De qué me sirve huir?

Ahora
que la noche es un remedio,
vuelan los pájaros parcos
sobre este mar de ausencia,
y yo tan solo sigo la deriva,
como un camino más.