Canción de Luna

poema de Gudiño

Las sonrisas de las flores se evaporan por el ambiente cual amarillo de estrellas titilando en su morada, cada una de ellas en su humilde hogar desde su guarida en su refugio enraizadas con la miel de los sueños, los misterios se condensan en la finura de las plantas, en la calidez del río que a su lado cruza los esfuerzos, unos ojos han de contemplar luego la cenizas que dejan los fuegos fatuos de las flores en el invierno, estos ojos son un testigo del rojo de una rosa; las piedras del río la han cargado desde el pico de una montaña, un zorro viejo se adueña de la fugaz presencia del sol sobre ella, que viene navegando con timón en la mano sostenida por sus velas, inspiración para los marineros que de guiarse tanto por las estrellas, ya se han convertido en poetas; mientras la fragua sigue su camino ya a estas alturas del suceso no siguen a los luceros, ellos simplemente se dejan llevar por su barca tintada de rosa prendida de espinas, pero ella la roja navegante rosa no viene sola trae una lagrima consigo -entre tanta agua dulce- dice el zorro viejo y unos ojos siguen de testigo mientras los murmullos de los grillos corean la melodía de pecados por suponer en esta tierra que de santos no se tiene la más remota sabiduría ¿que esperar de los testigos que tienen que frenar sus voces para no preguntarles a las flores que es lo que no sienten? la rosa no mira a los lados, todos han juzgado su presencia en el río -¿y que más quieren?- dice ella -¿Que me hunda con mis nostalgias, con mis noches sin sueños, con mis sueños dormidos por el afán de saber si soy de aquí o soy de allá?- y el allá de ella es el pasado que lucha en su contra, el que remueve las voces de los huracanes vestidos de cuervos, ella ya ha decido dejar de luchar -¿y que quieren?- gritan sus lágrimas -¿Que me maquille de luciérnaga para ver a un cocodrilo sobándome la espalda? ¡Pues no! no verán parches en mis ojos porque estas gotas de sal deben caer- termina así su acto único; ella es el pasado que vuelve su castaña clara de corazón. La rosa cae tendida sobre la arena, al fin llega pero por su cola que de tallo tiene el verde de las hojas y de manzana su olor, varada en el agua descansa como quien se queda dormida mitad en el cielo y mitad en el mar; otra vez algo la sostiene y no la deja avanzar, las lágrimas se estacionan en lugar seguro donde lo dulce de las olas se refugian en la cueva de los sueños, pero el agua se retira y termina de caer en la alfombra cálida de arena, el descanso después del esfuerzo y los corsarios navegan tras la rosa, tras sus sueños y sus glorias -¡déjenla! ¡Basta! –grita el testigo desde el fondo de su carcasa y el viejo zorro le contesta -húndete con ella y fracasa- solo le susurró a ella -nada te pasa, solo estas mojada por el río- el sol pasó tan fugas como las palabra dichas por el testigo, todos durmieron y la rosa inspirada en su afán desprendió sus pétalos, se secaba los colores rojos, los rosados y blancos, los amarillos internos y otro pétalo y otro más como un concierto de flamingos cuando emigran hacia otro lugar y el naranja del ocaso del sol cubrió sus castañas de celestes vientos que se llevaba consigo los corazones que fugases imaginabanse dentro; ella no quería poseer los corazones de sus pétalos, algunos olvidados y otros olvidándose, se quedó en el botón de carmesí color, ahí donde los náufragos llegan a visitar su último aliento, ahí sin lágrimas ya, porque solo quedaba su rostro botón de corazón y su tallo perdido en la arena, esperando al tiempo, a las luciérnagas llegar, a quien pueda abrazarla por el calor y los besos que la noche trae; el testigo se le acerca pero el tiempo se ha hecho largo y ya ha llegado donde se oyen la voces de las sirenas, la tomó por su desgastado tallo, miró su rostro botón de corazón y sus lágrimas congeladas le sacudió las arrugas, le limpió los sueños, le sopló las ganas, pero llegó tarde, el tiempo cuarteo sus ansias y desvaneció su temperamento, el testigo le abrió un orificio a esta tierra que lo vio caminar siempre de lado y el orificio se convirtió en cavidad para ella, una mortaja en sus tenazas de naranjas esperanzas -pobre cangrejo- le miraba con voz susurrada el zorro viejo, -te lo dije- le decía el agua, -déjenla en paz- les decía el cangrejo mientras la miraba sin aliento, la acostó como los bebes durmiendo, solo lo que le dejó el tiempo, por el tallo sosteniendo su rostro botón de corazón -¡torpe! yo por caminar de lado y no llegar a tiempo- se decía a si mismo, parecía una cuna ese relicario, entre tanto la arena condujo sus oficios hacia ella y la tapó con el viento, solo miraba y los ojos del cangrejo testigo de todo esto, caían por la noche; en la mañana las ranas lo despertaban, le anunciaron que había llovido y que en la madrugada la luna trajo su guitarra y le canto una serenata a la rosa, ya cuando despuntaba el sol le dio las gracias y terminó él la canción:
Dos luceros se despiertan
Pa´ acompasarme esta canción
A las flores que se han ido
Y a las manos que las sembró
Ocupándose de los sueños
De la esperanza y de esos dos
Esta noche tan cargada
Por las estrellas, por la emoción
De ver florecer a la rosa
Sin sus lágrimas del corazón
Y aunque mañana será otro día
Yo me despido con la ilusión
De que el sol se apresure pronto
Y termine esta canción.
Al momento no entendía y el cangrejo vio cuan maravilloso era el paisaje que frente de él se reflejaba, no era un espejismo era ella erguida, renacida y floreciente por el polvo de ella misma, fue testigo de lo imposible, del resurgir de los anhelos de una rosa sin pétalos, para que el día de hoy fuera ella de nuevo su propio amor de primavera, su amor a ella misma, al respirar, al azúcar que se evapora y cae con el rocío de la mañana, fue testigo un cangrejo de cómo una flor se seca sus lágrimas para simplemente…convertirse en su propio jardín.

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