Suplicio

poema de Hadrid

He perdido mi estabilidad y el poder que en mis manos tenía de hacer bello el mundo que me rodea.
la verdad se oculta entre las tinieblas. El ser desaparece para dar paso al hambre del espíritu.
La capacidad de irradiar mis emociones como un rayo que traspasa el humo negro se pierde con la llegada del pensamiento, el cual que me corrompe. la entelequia que deteriora mis goznes y me deja a la intemperie, con el deseo manifiesto de que me corten el cuello, y que mi sangre fluya por el sucio suelo a manantiales.
Acallen las voces, me asedian Miles de seres que no pueden existir, me vuelven loco, desgastan mis voluntades del mañana, ya estoy harto de que cada paso sea un suplicio, y cada metro un nuevo sacrificio.
Me inmolaré a mis dioses, tomaré el espíritu vacilante y miedoso y haré que se libere de su prisión de carne.
Espero que más allá haya algún reino en el cual pueda llegar, y no solo la oscura humedad de la noche, que es tan aburrida.
Es denso, como los gritos de lamento, y tan negro que el cielo plúmbeo del invierno es solo un pamento. Ya no puedo dar un paso atrás, estoy convencido de que esto me liberará. Si no lo hace, no tengo opción, quizá sí siga, las cosas sean peor.
Al abismo le gusta devorar a los más débiles, es placentero, pues allí pertenecen los que vacilan y suplican. Quizá el fondo sea más cálido que la apertura, solo recemos a los dioses que existan, y que nos esperen tras la boca negra con las puertas abiertas a sus ilusiones.
Con las manos de un artista, un desgraciado abre su pecho con un puñal oxidado, esperando de que su cuerpo putrefacto se cree un mundo nuevo, que su sangre se convierta en ríos de vida y virtud.