TÚ, EL INVIERNO…

Te recuerdo entre los grises de este interminable invierno obligado en mí.
¿Qué fue de aquél jardín colorido dónde fulguraba cada frase?
Lo vi, a hurtadillas, cubrirse de gélida escarcha.
Soledad, donde antes había cantos y algarabía…
Yermos y mustios marrones, se hicieron sitio donde ayer anidaba la vida amalgamada con fantásticos aromas.
Tus huellas, ya no están, ni volverán jamás a ser parte del sendero.
En el rincón cómplice, se derrumbó de hastío y abandono el viejo banco.
Cerré la ventana que me comunicaba a tu alma.
No quiero ver en qué se convirtieron tan bellas palabras.
En realidad, no sé si exististe o yo te creé.
Este alma de mujer donde burbujean y trepan mil emociones que deben partir,
es la cuna involuntaria donde nacen secretos que jamás serán realidades.
Pero que aún así, se atreven a mirar el cielo y abrirse paso en aleteo libre.
Yo, este sinnúmero de chispitas fulgurantes que jamás se han apagado,
y amenazan con convertirse en hoguera.
La verdad, no te necesito…
Estás mejor bajo los rescoldos de tu propia guerra.
Intentaste muchas veces culparme de tu infierno,
pero jamás viste las veces que tendí mi mano y te hice parte de mi Paraíso.
Esta parte tierna y pura que habita en mí, quiso entender tu locura ciega.
Hoy, muchos años después, puedo mirar tus cenizas y decir que ya pasó.

11/09/2018

Comentarios sobre este poema