Androcenella

poema de Silvestre

Aphrodite

Suma galactenica
Triunvirato espumoso
Tras la siringa del dedo anular.
Y repoblando, el muelle de los Alpes, el beso secundado, descansa en la espalda desnuda que, con el soplo del iracundo, calla.
Meciendo la cuna de Androcenella, el crepito universal, circunda el anillo molar, cuantitativo y principesco, regurgitando como esferas aterciopeladas, el afán Griego, en aquel camastro platino, funda en su botón de oro, a la Parmenide del hierático.
Ahora, Androcenella, mueve sus senos en contacto con la briosa mar. Y el jinete blanco, monta a su hijo en su pelvis rosada, desbancando a la palma que choca contra su mejilla, cálida, rosácea.
El manto estrellado, de las aguas Saturninas, filtra en su delgada anchura, al sátiro místico, infantil, para germinar en el vocablo, al soñar lejano del embrión.
¿Cuales son los epitafios, los címbalos y los puntos Betelgausicos? ¿En cual fonema se hallo al Tritón, al chocar ante la tricúspide mansa, coaccionando al libre especulante de los bandidos gigantescos, al tronar el sello antiguo para aniquilar pisadas? ¡Si, hasta Androcenella, debe sollozar en el siglo pasado! El pillastre cóncavo ensimisma al Dios que hechiza, y con su armiguero, cruzó filas en las ansiosas mieses y el betún, anciano, curvó con la orquestal alegría, fue la fusión de entrecana lozanía, del bingarrote cansino, hasta la estocada fértil del pimpollo negrirrimo, al sol, cultivar su campo, en la sigla del desposorio azul, para los jóvenes consanguíneos, afianzados en su imán maleable. ¡Androcenella, esposa del tártago, sufre en su vientre helado, mientras el libro dorado la entumece, sin fascinar más escultura!

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