El muchacho que hablaba con los árboles

poema de Penelope

La mímica de los árboles desollaba la intemperie
de una brisa corpulenta en los trapecios de las ramas,
los ronquidos de los troncos milenarios inherentes
daban la sepultura a la voz de tantas batallas.

Veneraba la grotesca sombra de aquellos susurros
que siempre escudriñaban su mutismo,
y una diálectica acontecida perforaba el escudo
de aquella maravillosa forma de llegar a sí mismo.

Podía quedarse horas, comtemplando la cúpula
de un cielo rascado por las nanas de los pájaros,
un réquiem de hojas la lápida de raíces tapizando,
el paisaje era una caja de música por él descubierta.

Hilvanando el embeleso de aquella escena
recaudando miradas de un cielo rapsoda,
origami de insectos, barcas obnuviladas
que parasitan instantes lejos del ahora.

La rediciva del ocaso formula ilíadas oscuras
recicla el silencio la plasticidad de sus fisuras,
exhuma la niebla el unísono nonchalante
con su pléiade pintoresca, masiva y errante.

Hipnótica simbiosis de voces trenzadas
la semilla de un árbol en el corazón trasplantada,
paraguas de ramas cobijando el encuentro
en la memoria lo llevo siempre, muy cierto.

( Para Jurgan)

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