AMOR ETERNO

En una fatídica tarde de invierno,
De esas en las que la nieve es más espesa y sabe golpear inclemente,
Dejando sin sabor en los labios, en el alma.

Senté al amor, regazo en mis piernas, mientras humeante mi alma flagelada hervía con el calor de su pecho.
Sentí paz, creí que el amor iba a dormir a mi lado por eones.
¡Le asesinó! -gritó la esperanza, llorando, doliente- al ver mis manos autómatas, tomándole por el cuello
Y mientras ensangrentados mis ojos tornaban lágrimas de espanto y dolor
Y una mueca digna de un retrato de Lautrec (...)

Se aturdía mi mente -ya retorcida- al captar los sublimes y espantosos gemidos
Que la nuca rota del amor producía a unísono con el tronar
Que de las subluxaciones que mis dedos
De desesperado fumador, emitían lentamente.

Solté su figura que yacía ya sin vida a mis pies
Y rasgando mi pecho grité: ¡al fin! y después todo fue risas.

Calenté la leña pues mis labios se presentaban morados igual que los suyos
Y las hendiduras de mis dedos tornabanse en sangre producto del triste frio.
Arrastré cojines cerca de los leños, para que me abrigara el calor y ahora,
Envuelto entre sus brazos, yacer al lado del amor, ese mismo amor que decidió abandonarme
Y que ahora y para siempre posará junto a mí, recostado su cadavérico ser sobre el mío
Hundidos en el etér que ahora es su sangre una con la mía.

Ahora contento, extasiado, lánguido de espíritu pero extrañamente jacto, lleno de voraz felicidad
Sé que el amor nunca se alejará de mi lado, junto a mi yace, muerto y silente, ¡pero está!

Aunque la tribulación que esto me causa, no se opaca bajo el velo de mi turbia serenidad
Soy feliz, pues el amor de mis manos no volverá a huir.
Por ahora solo temo por el tiempo cruel y ruin, quien en su oficio es el único capaz de separarme del amor
El cual actuando meticulosamente con sigilo como cáncer siniestro,
Lentamente ira despojando de carne y tejido al, hoy, cadáver del amor que se aferra a mis brazos igualmente fríos
Hasta que en su desdeñoso cometido solo el polvo me cubra y pierda de nuevo al amor.

¡¿Habré de matar al tiempo?! –pensé-.

En una fatídica tarde de invierno,
De esas en las que la nieve es más espesa y congela hasta el último de mis cabellos rubios.

[Y que en el infierno, danzando, bebiendo y riendo me esperen los poetas malditos,
Porque en vida soy Baudelaire y soy Rimbaud, pues en su poesía, asesinada, y en el opio fresco encontré el amor].

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