Ocupación pacifica .

No fue espontáneo,
me culpo por no tomar cartas en el asunto
cuando aún había tiempo.

Todo comenzó con pequeños
ruiditos de noche, cuando se descuidaban,
ruiditos normales de los hogares
en el entretecho
y dentro de los arbustos del jardín.

Como podía pensar que terminaría así.

Luego al poco tiempo
ya no eran ruiditos
los podía oír cómo se organizaban;
aunque eso entiendo ahora,
en ese entonces
todavía no les escuchaba
pero [email protected] sentía
conmigo
todo el tiempo.

De pronto comenzó su misión.

La ocupación pacífica no es sencilla,
requiere de tener tiempo
pero hay que ser constantes.

[email protected] muy inteligentes me acostumbraron poco a poco.

Así fue como
se empezaron a aparecer,
quisieron hacer acto de presencia
para que su imagen ya no fuese
el de [email protected] ser extraño.

Recuerdo perfecto como fue la primera vez:

Había decidido tomar un baño de lluvia
para cambiar las energías que acarreaba,
la Luna Llena Roja era la excusa perfecta,
saboreandome el olor de un NagChampa
y empezando a hacer vibrar el agua con
algunos mantras para la serenidad,
ahí fue cuando por primera vez uno se me apareció.

Me guiño un ojo
y me dejo.

Negra me dejó.

Nunca más se metieron en mis espacios personales,
tampoco comían de mi comida
pero ya luego de
la primera vez
más les veía.

De a poco empecé acostumbrarme
ya no me incomodaba su compañía,
tampoco abusaban,
aún no les veía lo suficiente
para sentirme incomodo.

Un día lleno
de dudas les cocine un Fondiú,
puse un puesto
frente a mí,
solo quería saber
cómo responderían.

No se presentaron
pero
sentí que genere un gran alboroto
dentro de los arbustos del jardín
de seguro lo deben haber discutido,
sobre todo cuando les serví de
ese Chardoné que la Paz me había regalado para mi cumpleaños, de esa noche mágica en Parcas en que hicimos nevar en todo Santiago,
la ocasión lo ameritaba.

Me lo termine tomando solo
aunque acompañada.

Como no [email protected] iba a terminar por querer,
si hasta la basura me sacaban,
incluso luego me tenía la nevera llena del mismo Chardoné
que intente invitarles ese día
y lo dejaban ahí solo para mí,
[email protected] no lo tocaban, tampoco comían de mi comida.

Como un rito todas las mañana me despedida,
también saludaba cuando volvía
y siempre de alguna extraña razón sentía que [email protected] respondían.

Con el tiempo había crecido la familia
ya no podían permanecer a escondidas,
por un acto humanitario les dejé
ahora todes cohabitamos.

Pero la nevera llena de Chardoné seguía
y
problemas de convivencia no habían
seguían sin tocar mi comida.

Nos organizamos con los horarios para no tener problemas con el baño.

Ya la nevera compartíamos pero
nunca faltaba espacio para el Chardoné,
eso sí,
ahora compartían conmigo cuando lo bebía.

Feliz me mantenían,
habían formado unas bandas de música afro electrónica y bailabamos con Chardoné todos los días.

Resultaron ser muy [email protected] en la cocina,
saboreaba esos adictivos colores;
en mis bigotes
guardaba un poco para que me acompañaran
durante el día,
ahora si ya compartimos hasta la comida.

Y no fue hasta que luego de haber bailado y tomado por días,
que entendí lo que pretendían.

Me desperté tirado en el suelo fuera de mi casa,
las llaves ya no le hacían,

golpeaba
golpeaba
golpeaba

No me atendían
ya tenían lo que querían.

Autor:
Nico Scepanovic

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