En un andén.

I
Te soñé, caminando en un andén, atisbabas el atardecer y su variopinta,
las estelas armoniosas del ocaso al rimar con tu figura crearon una opalescente ventolina.
II
La sonoridad endeble de una palabra se deshojaba en tu cuello, el rescoldo del acorde de un violín bogaba por tu cuerpo, se deshilvanaba como arpegios de nieve de rosas, y todo aquello que se vuelve inasible a tus memorias.
III
Tu reflejo en las vidrieras de los vagones se adornó en una canción lluviosa de tesituras y arreboles, y tus sueños trémulos e intactos cayeron a una anochecida de unísonos cabrilleantes.
IV
Los ecos de una bandada de versos se desprendían de un alba acristalada, a veces palpaban tu sonrisa como el recuerdo sonoro que musita en el mar.
V
¿En qué pensabas cuando tus pensamientos restañaban a raudales en las ondas de la atardecida?
mirabas, como detrás de los sueños que se desenlazan de una anubarrada y que caen en tus manos para desmoronarse en barlovento y nostalgias que se ajan con el otoño.
VI
Y siempre me gustaba mirar la llovida armoniosa que escampaba en tu voz; me dejó la impresión de un trinado entresoñado que dormita en tus ojos cuando sonríes.
VII
Un rociado de estrellas y palabras tan breves se despuntaron como derrubios de hojarasca en la figura de una rima que se iba desenvolviendo entre tus labios, con la suavidad inlunada de una marejada de espadañas; que a destiempo compusieron el contorno y el efecto de un sueño veraniego que nunca se había dibujado en tus ojos.

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