Siete balas

Siete balas
acabaron con tu vida,
las mismas
que arrasaron con la mía.
Año tras año he vivido tu muerte. Ya no pienso
en tu rostro desecho
en esa acera,
o en la sangre que se mezclo
con la ceniza del tiempo.
Ya no recuerdo
el estar postrada allí sin poder arrancarme de tu cuerpo.
Me queda el pedúnculo
de la rosa que no logré
arrojar en tu féretro,
sus hojas secas
cayeron una a una.
Por más traicionera
que dicen es la muerte,
le he rogado mil veces
¡a mí me lleve!
Mas ésas mil veces se ha negado.
Solo me lleva
de la mano moribunda.
Lamento amargamente
la mala memoria de mis años
que me ha robado
el sonido de tu voz,
escucharte llamarme el:
"mamá" que tanto amaba.
Me es inútil y ridículo
quererme abrazar del aire,
creyendo que es en él qué
me visitas. Mi corazón se
paraliza al ver tu rostro adolescente y a tus ojos color miel que me miran en esa fotografía.
Angustia, ira, se acumulan
en mis entrañas y solo
surge un llanto ahogado e invisible.
De mis labios ya no
salen las sílabas de tu nombre
¿Para qué?
Si van incrustadas a mí,
como segunda piel.
Dime hijo mío,
¡¿Cómo, cómo te olvido?!
De mi soledad eres mi compañero,
de mi alma, brazos y memoria,
mi añoranza perpetúa;
aún si no logro
escuchar tu voz,
y tu sonrisa.
Tu mano invisible estruja
mi corazón vacío.
¡No pude defenderte amor mío!
¡No estuve allí para que ésas balas en mi hallaran su blanco!
Perdón hijo mío.
Sé que un día
te veré pero dime...
¡Dime! ¡¿cómo te olvido?!

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