Él y ella

La flor ensangrentada corría
por la desnudez de sus piernas.
Del cuerpo salían quejidos.
El pecho jadeaba buscando
como si el corazón quisiera
salir por su boca.
La curva de su espalda hacía hueco para
cubrirse de los clavos
regados por el piso.
Su espalda dejaba huella en la
madera, de aún frescos arañazos
destilantes. Pero su mano
lo llamaba, le suplicaba por más.
Y él allí, desde esa esquina
con la mirada fija plena de
lascivia, se mordía el labio
inferior con el colmillo izquierdo.
Se acerca lentamente
dispuesto a arrasarla de nuevo.
Le toma el cuello, acerca su boca
para succionar la poca savia
que le corre por las venas.
Ella consigue levantarse
y en voz delirante, muy queda.
Le invita que la siga.
Él, no deja de mirarla, jalando
de su pelo, camina tras de ella.
Ella, suavemente lo recuesta
en su diván, sensual y lentamente
recorre palmo a palmo su piel
ardiente. Con sus labios sube
a cerrar sus ojos, lamiendo
mejillas y párpados,
hablando quedo al oído.
Él, esperando cada ves más,
no ve la estaca que le clava
por el pecho...

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