GRACIAS POR LOS FUEGOS

poema de Jorge Loyola

GRACIAS POR LOS FUEGOS
(Segunda parte)

___________________________________________________________

_ ¿volverá mañana? Por favor hágalo _ le rogó el soldado, temiendo que la joven de manos de palomas no volviera más.

El día se hizo eterno, las horas avanzaban con la cruel parsimonia con que lo hacen aquellas que castigan al que ansioso espera a su amor; Alejandro sentía que su vida se había detenido en aquel lugar y que solo encontraba sentido para avanzar en el preciso instante en que escuchaba aquella voz que cruzaba el patio hasta llegar a él.
Esperó toda la noche con inquietud; en su cabeza, el recuerdo de la voz y el perfume de aquella muchacha, dibujaban la imagen que sus ojos quemados por la pólvora no le permitían ver; la espera se hizo interminable, hasta que por fin cantó un gallo y algunos pájaros comenzaron a desperezarse en los árboles; su corazón latía con fuerza, el momento esperado llegaba, pero ella no llegó con su canturreo y su perfume, escucho las voces de un par de hombres acercándose, pronto escuchó el sonido de los firmes pasos de dos soldados que entraron y llegaron hasta su cama, los hombres lo levantaron tomándolo uno de cada brazo y casi arrastrándolo lo sacaron al patio.
_A donde me lleváis _preguntó Alejandro.
_Ya ha descansado usted bastante entre las mujeres, es tiempo de juntarse con sus solados_ respondió casi burlándose uno de los hombres.
Y así fue, lo llevaron a donde estaba el resto de los prisioneros españoles. Antes que lo encerraran escuchó la voz de la muchacha que travesaba el patio y les preguntó a los hombres que lo llevaban.
_¿quién es la niña que canta?
_ Uno de los hombres palmándole la espalda le respondió
_ Es Margarita, la hija del comandante, así que olvídese de ella, si no quiere que le corten la cabeza, entre otras cosas que el comandante le podría mandar a cortar, a usted o cualquier hombre que se le acerque, además, mañana ella parte para buenos aires, y usted va a estar un largo tiempo por aquí._ diciendo esto el soldado abrió la puerta y empujó a Alejandro hacia el interior del calabozo.
Una vez más las horas lejos de las manos y el perfume de la niña, atormentaban a Alejandro, lo desgarraba el dolor de saber que ella se iría y él se quedaría encerrado en su soledad oscura para siempre.
Tirado en el piso de tierra de aquel lugar, se decía “un soldado del rey no llora” pero un par de lágrimas saladas quemaron las heridas que aún no terminaban de cicatrizar en sus ojos; así se quedó dormido; soñando con dos palomas que lo acompañaban volando mientras escuchaba una voz que cantaba a lo lejos, poco a poco, aquella voz comenzó a acercarse hasta escucharse con nitidez; sobresaltado despertó y se dio cuenta que la voz sonaba realmente muy cerca suyo; rápidamente se incorporó y siguiendo la melodía, a tientas llegó hasta una pequeña ventana enrejada, cuando toco las rejas también encontró unas manos.
_Margarita _sollozo Alejandro casi sin poder creerlo.

(continuará)

Comentarios sobre este poema

Sé parte: Comenta y vota