GRACIAS POR LOS FUEGOS

poema de Jorge Loyola

GRACIAS POR LOS FUEGOS

La descarga de tres fusiles disparados al mismo tiempo, obedeciendo la voz de “fuego”; quebró abruptamente el silencio de la tarde; un par de teros espantados, levantaron vuelo y se alejaron gritando ruidosamente por el campo, los pájaros que se habían refugiado del calor abrazador del sol a la hora de la siesta en los árboles que rodeaban el campamento, se espantaron y un rumor de alas y silbidos agitados recorrió el cielo del lugar como un fantasma.
Alejandro De la Fuente, atado de pies y manos, parado frente a las armas, con los ojos vendados y su camisa abierta en el pecho, esperaba que las tres balas que atravesaban el aire, entraran en su cuerpo.
Ni el sonido de los disparos, ni el olor a pólvora en el aire le eran desconocidos; desde muy temprana edad había servido en el ejército español y ahora estaba a punto de terminar su vida en un continente lejano a su tierra, ni siquiera moría en batalla como le hubiera gustado; es más, no terminaba de entender del todo, por qué moría.
Hace no mucho tiempo, se enfrentaban dos ejércitos en unas lomas cercanas a este lugar. Alejandro De la Fuente comandaba un escuadrón de uno de aquellos ejércitos, su caballo fue mortalmente herido y de a pie se enfrentó a su enemigo en una feroz pelea cuerpo a cuerpo. Fue allí cuando un soldado apuntó un arma hacia su cabeza y el joven oficial se abalanzó sobre el para desarmarlo, el disparo falló pero la explosión le hirió gravemente el rostro y lo aturdió, quedo tirado en el campo dado por muerto. Cuando terminó la batalla, un grupo de mujeres que recorría el campo para ayudar a los heridos del ejército patriota encontró aquel oficial español agonizando y no quisieron abandonarlo.
Cuando Alejandro recupero la conciencia estaba acostado en un catre y habían curado sus heridas, intentó abrir los ojos pero no pudo, la explosión del arma enemiga en su rostro se había llevado su vista.
Lo primero que sintió fue un perfume que lo llevó de vuelta a su casa en España, el jardín de su madre, las flores y los frutos maduros en verano, después una voz de mujer casi niña que le hablaba con una suavidad que lo acariciaba y le daba paz; las manos de la joven se movían como palomas, cambiaban casi con ternura las vendas que cubrían sus ojos quemados por la pólvora, cada mañana poco después del canto del gallo, la misma joven llegaba hasta la cama del soldado para limpiar sus heridas; la manera con la que hacia todo, estremeció al soldado.
El nunca hablaba, solo se dejaba cuidar, muchas noches no dormía, solo esperaba la mañana para volver a sentir el perfume y escuchar aquella voz que canturreaba algo mientras cuidadosamente quitaba las vendas de su cara y lavaba su herida.
Una de esas mañanas mientras la muchacha limpiaba su herida, el, rompió el silencio,
_gracias por el fuego
_la niña dejó de canturrear y de curarlo, pensó que deliraba, esperó un momento y preguntó
_ ¿está usted bien?
_No podría estar mejor, no se asuste usted y por favor no deje de cantar.
_No me asusto, es que no entendí lo que dijo.
_Le agradecía a Dios por el fuego enemigo, gracias a él estoy aquí con usted.
_Las manos de la muchacha continuaron con el cuidado de su herida pero esta vez las palomas que antes lo acariciaban ahora eran un poco más trémulas y el canturreo le dio paso al silencio que solo quebró para decir al tiempo que se alejaba “sus heridas están sanando”
_ ¿volverá mañana? Por favor hágalo _ le rogó el soldado, temiendo que la joven de manos de palomas no volviera más.

(CONTINUARÁ)

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