EL REGRESO

poema de Jorge Loyola

El regreso

El sol había bajado lento, como acompañando la tristeza del viejo que sentado en la cocina, tomó la última cucharada de una sopa de fideos que se había ido enfriando, mientras el miraba la ventana con la vista perdida en los cerros que rodeaban su casa.
Durante estos años en que la guerra duró, él se sentaba en la puerta y miraba el camino que aparece y desaparece entre las onduladas laderas; esperando tal vez, que en uno de los picos altos apareciera su hijo caminando de vuelta a casa.
Cuando al muchacho lo vinieron a buscar la esposa del viejo aún vivía, y juntos se sentaban a mirar el camino día tras día, pero una tarde ya cansada la madre de esperar, solo se quedó dormida y ya no despertó, desde entonces, el viejo, solo se sienta y espera.
A algunos kilómetros de la cabaña; está el pueblo, solo algunas casas, donde otros padres miran hacia el campo vacío y silencioso y una estación donde el tren solo se detiene para descargar algunas provisiones y cargar agua en sus tanques, muy de vez en cuando baja de él algún pasajero, pero todos en el pueblo esperan cada semana, con la esperanza que del tren bajen aquellos muchachos que una vez partieron con sus uniformes y sus sonrisas esperanzadas en el regreso.
Esta tarde, a lo lejos se escuchó el sonido del pito del tren, esto no es común, el gigante de acero solo llega en silencio y de esta misma forma se va; sin penas ni glorias; pasado un momento y ya un poco más cercano en la distancia, el pito volvió a sonar; algunos en el pueblo pensaron, “¿y si es?”; algo nerviosos y tímidos, como temiendo hacerse falsas ilusiones comenzaron a asomarse a las ventanas; una vez más el pito sonó y esta vez dos veces seguidas, como anunciando algo, entonces, algunos se animaron y salieron a la calle a mirar hacia el campo para ver el tren que se acercaba, por tercera vez el anuncio retumbó en los cerros y ya comenzaron a caminar primero y después a correr hacia la estación, en un momento el pequeño anden se llenó de gente que miraba con los ojos brillosos y esperanzados, la gente se abrazaba como dándose fuerza y repitiéndose “¿y si es?, ¿y si esta vez sí es?” lo chiquillos corrían colina arriba, donde aparecería el tren por última vez antes de llegar al pueblo, algunos carros tirados por caballos se acercaban a todo galope , el pueblo volvió a vibrar con fuerza, el tren por fin llegó….
Y si fue, esta vez, sí fue; un vagón cargado de muchachos agitando pañuelos y gorros, casi lanzándose al andén buscando con los ojos bien abiertos los rostros de sus padres y hermanos; abrazándose entre sí por estar allí, de nuevo en su pueblo, todos lloraban, todos gritaban, solo algunos miraban en silencio, a esos, ya el ejército les había mandado una carta agradeciéndoles por la entrega de la vida de sus hijos a la patria.
Ya en la calle central, se colocaron mesas y las llenaron de comida y bebidas para festejar, algunos trajeron instrumentos musicales y comenzaron a tocar y a bailar; uno de aquellos muchachos no pudo quedarse en la fiesta, tenía un largo camino entre las montañas hasta llegar a su casa; así que solo se alejó mientras atrás la música se iba escuchando cada vez más bajo hasta que ya no se escuchó más, el sol fue bajando hasta que el camino quedó oscuro, pero desde niño que él estaba acostumbrado a recorrerlo, y más de una vez se entretenía jugando en el pueblo y al regresar con provisiones a su casa la noche lo atrapaba, y entonces, al llegar a la parte alta del sendero, encendía un fueguito para que sus padres supieran que estaba llegando, y su padre encendía una antorcha como respuesta; esta vez también lo hizo, se apresuró a llegar a lo alto del camino y allí casi llorando encendió su fuego, su mirada atravesó la oscuridad del inmenso campo en dirección a su casa, buscando a lo lejos la luz de la antorcha de su padre, pero no encontró nada, imaginó que los suyos ya dormían, encendió un cigarrillo y comenzó a bajar la montaña.
Ya cerca de su casa, las nubes que habían estado cubriendo el cielo, se abrieron y dejaron que una luna gigante iluminara el campo, entonces el hijo prodigo pudo divisar dibujada en la soledad, la silueta de su casa, dejó caer su mochila para estar más liviano y poder correr el último tramo rumbo al hogar, casi en la entrada ya de la casa, a la orilla del camino, encontró un montículo de piedras que tenía una cruz, se arrodilló y encendió un fósforo para ver mejor, unas flores secas del campo y una piedra donde estaba escrito “el regresará” se incorporó y corrió el último tramo y por fin entró.
Alta la gigantesca luna del campo ilumina el pueblo donde todos siguen cantando y bailando sin parar, a algunos kilómetros entre las montañas, hay una casa de donde sale un muchacho y junto al camino donde está la tumba de su madre, comienza a cavar una tumba más.

Comentarios sobre este poema

Sé parte: Comenta y vota