EL ESPEJO (tercera parte)

poema de Jorge Loyola

EL ESPEJO III

La celda estaba helada; se dio vuelta mirando hacia la pared y se acurrucó colocando sus manos entre las piernas, cerró los ojos y se quedó dormido.
Ella caminaba por el jardín con aquel vestido amarillo que a él le gustaba tanto, y ese perfume que era natural en ella, nada olía como su piel y su pelo ondeaba en el viento de la tarde; corrió a buscarla para abrazarla, pero ella se alejó y se entregó a los brazos de su amigo.
Una vez más sus dedos índice y mayor acariciaron los pulgares pero esta vez no brotaron letras sino sangre, en un momento aquellos que lo traicionaron estaban bañados con esa sangre, el vestido amarillo y los cabellos de ella se tiñeron de carmín, el miraba con terror sus manos y quería gritar.
_Su cuaderno _escuchó que alguien le hablaba casi gritando, salto en el catre. Estaba temblando y tenía el cuerpo empapado en sudor. Un viejo de unos ochenta años le acercaba entre las rejas un cuaderno y un lápiz; él lo miro y pensó que en el mejor de los casos terminaría sus días así; su cuaderno, repitió el viejo estirando el brazo y al no obtener respuesta lo arrojó hacia el interior de la celda y se fue.
Tomó el cuaderno y se quedó mirando las paredes y las rejas que lo rodeaban, después de un rato comenzó a escribir.

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“Mi nombre es Daniel Leiva, soy solo la mala imagen de un hombre bueno que alguna vez se paró frente a un espejo; aquel hombre seguramente esta mañana despertó, abrió las cortinas del ventanal y se sentó en la mesa de su gran cocina con aroma a café recién preparado, allí mirando el jardín, jugueteó un poco con sus dedos sobre las teclas y comenzó a escribir algo en su vieja Remington Rand del 49; tal vez algo como: La pesada puerta que se cerró detrás de él sonó como un disparo…
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Realidad, fantasía; fantasía, realidad; donde está el límite.

El mar llega a la costa y la acaricia con pequeñas olas saladas que juguetean arrastrando de aquí para allá la arena de la playa.

fin

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