EL ESPEJO

poema de Jorge Loyola

EL ESPEJO I

La pesada puerta de rejas que se serró con estruendo detrás de él, sonó como un disparo que lo hizo saltar y encorvarse; el guardia que lo acompañaba apretó un poco más la mano sobre su brazo y lo guió por un largo pasillo de altas paredes pintadas de gris; la pulcritud de las baldosas blancas y el alto zócalo esmaltado, le recordaron a esos lugares donde se faenan animales; entonces se sintió así, se figuró que era uno de esos becerros que son jalados con una soga prendida de un anillo en su nariz, para llevarlo a donde sería sacrificado.
Los pasos retumbaban en las paredes y en el alto cielorraso, su respiración agitada, la tos de fumador de su acompañante, la gabardina de los uniformes, todo sonaba distinto, todo sonaba a encierro, a vacío, aquello era como esas cajas que hay en los cobertizos, donde se desechan las cosas inservibles; esas que una vez que caen allí son olvidadas para siempre.
Casi inconscientemente sus pasos se hacían un poco más lentos, como tratando de retardar la llegada a la próxima reja, que seguro sería la entrada definitiva a su encierro, el guardia casi tiraba de su brazo haciendo que apurara el paso. Ya le faltaba un poco el aire, y el olor; era una mezcla de cloro y humedad, se dio cuenta que a ese lugar no entraba nada que se pareciera ni un poco a la libertad.
Por un momento recordó su casa, el ventanal por donde entraba el aire fresco con olor a pasto mojado y el canto de algún pájaro, mientras el escribía algo en su antigua Remington Rand del 49; el sonido seco de las teclas y el golpe de las letras sobre la cinta entintada, la campanilla sonado al final del recorrido del carro, le ponían cierta mística al momento, y ese perfume a café que inundaba la cocina.

La última puerta se abrió, lo saco de su recuerdo y lo trajo de vuelta al matadero;
Un juez le había tirado sobre la mesa pruebas irrefutables; un manuscrito donde se detallaban con precisión los asesinatos que lo condenaban. Como explicarle a alguien que solo puede ver con sus ojos y tocar solo con sus manos, que él solo jugaba con la imaginación y que lo que había en esos manuscritos era solo el experimento de un escritor.
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“Quien no se ha preguntado alguna vez mientras miraba el espejo, si aquel que veía en el cristal era él, o una persona diferente, con vida propia, tal vez otro nombre otras costumbres, quién sabe. Parece una pregunta infantil, tonta, inocente; puede ser, pero yo siempre me la he hecho, y se me ha ocurrido crear un espejo diferente, un espejo donde el reflejo no solo tenga mi imagen, sino también mis sentimientos, mis dolores, mis alegrías, mis odios, mis placeres, mis envidias ocultas, mis más bajos instintos; un espejo que además de reflejar mi aspecto, tal vez, pudiese reflejar mi alma.”

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Cada reja, cada sello, cada candado, era como un escalón más de una escalera que descendía hacia un pozo de donde le sería muy difícil salir; entonces recordó un versículo de la biblia, que había escuchado de niño en la iglesia “Atadle las manos y los pies, y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes.”; sintió frío y ya no vio ni escucho nada más hasta que el guardia le soltó el brazo y con una mano en su espalda lo empujó suavemente hacia el interior de su celda.

continuará

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