Descendido entre los carnívoros
pies del errante,
entre cascos del caballos.

Extraído del seno,
hacia la reserva doliente
de los tripulantes del mar negro.

Desnudo ante la frecuente tempestad,
en la gota infringiendo el tejado del espíritu.

Prolongado en el recuerdo
que se complace en enaltecer,
la sombra de los lúgubres murmullos.

Atravesado por la lanza,
pesadilla mansa;
herencia del imperio de la congoja indomable.

…Todos tenebrosos, vengativos;
empuñando su legado
en la cosecha de la especie.

Arrojados cuál migaja de pan en el ayuno;
ocultos en el claustro antiguo,
con la llaga al pecho incrustada en la carnosidad del miedo.

Encubierto, insondable,
bajo la cárcava…
¡El secreto culposo!
envenenando el alma.

En tanto, el dedo apunta señalando
estremeciendo al arquetipo reflejo que contempla la armadura;
de cuya llave se ha perdido.
*

Abril 11, 2018
© 2018 Gabriela Ponce de León, La Dama Azul. Todos los derechos reservados.

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