ENTIENDO

Entiendo la rabia
cuando nadie más tiene la casualidad
de sentir cómo tu sangre se endurece
y necesita expulsar las avenidas y los acueductos
y las antenas de alta emisión y las torres monstruosas
que aún no ha hecho Dios...
Y entiendo el calor de tu rabia entrando
en el cemento de las calles y llenando
de rumores molestos la radio de la policía
con tu martillo de caricias todavía no bien formadas.
Qué bien te entiendo, hombre que caminas.
Dime, ahora,
a qué mujer le tienes miedo, si todas
se tapan la cara con sus celulares y sus carteras
y sus papeles del banco y sus cadenas de cuero,
y sus tacos ya no pueden tocar el suelo
después de verse ellas en el reflejo de las casas de ropa;
y sé que no debes apartarte ni un milímetro
de la fila donde todos esperan que ese estúpido ídolo
abra sus ojos...
y pobrecita tu alma si lo haces,
mancharía la memoria de tus antepasados,
cubriría de verguenza el cartón de tantos prejuicios,
llenarías de humo y lodo excrementicio
los bordados pulcros de la tela de los muertos...

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