Cobardía

poema de M

Dando pasos sobre la madera, sintiendo el polvo en el pasamanos de la escalera y escuchar el crujir de la antigua casa me hacían erizar.
Toqué a la puerta cuatro veces y el hueco sonar de la madera retumbo por toda la casa como el eco de una caverna y pude escuchar un gemido como si aquello fuera "detente".
Así que abrí la puerta de un golpe sin saber aún, pero con miedo, aquello que pudiera estar pasando, y vi entonces una luz blanca, casi gris, que provenía de afuera, y esas nubes que quieren ser de lluvia pero no son lo suficientemente negras.

La vi con su vestido de seda y lamé,
ella tan blanca y triste como aquel paisaje saturnino
que no estaba muy lejos de nuestra casa.
Ella suspiraba de agonía y veneno
pero casi parecía que sus espasmos eran de amor, de placer, de deseos; sobre la cama se retorcía y sus manos apretaban la sabana de tela blanca y sus cabellos lisos se convertían en serpientes castañas y sus labios delgados de un profundo rojo se entreabrían sutilmente dejando escapar suaves gemidos de dolor.

-¿Qué pasa?
-El veneno está actuando y mi corazón tiembla con dolores de aguja.
-¿Qué podré hacer? Hay un camino largo de barro y agua, de pantanos que tragan, y una posible lluvia que podría ahogarnos en frió nos impediría caminar o correr si es el caso por entre aquel camino negro de tierra.
-Déjame morir aquí ya que aquí mi corazón suena cual si chocaran en las paredes golpes de martillo. Déjame morir al lado de mis libros que fueron mi única compañía en esta desolada tierra,
aquí alrededor de mis recuerdos de niña y de mis vestidos con que me lucia solitaria, en aquellas noches lúgubres y silenciosas, frente al espejo.
-¿Por qué has tomado veneno? aquel pequeño frasco de liquido verde perfumado en maderas y plantas cual si fuera formol dulce amaderado.
-Lo bebí pensando en mi triste vida, en mi soledad, en mi desolada alma que esperaba triste en la alcoba y veía pasar los pájaros volando juntos por entre los arboles y en el cielo,
o viéndote a ti caminar siempre por los mismos lados sin decir siquiera buenas noches.
-Fue el miedo el que me impidió verte pero ahora que me lleno de valor es demasiado tarde y tendré que beber del mismo veneno.
-Es demasiado tarde y sería cobardía si lo hicieras... lo único que pediría es que te quedaras conmigo mientras los latidos de mi corazón mueren lentamente y el sonido de los martillos en las paredes se vuelven no más que los pasos de un fantasma que fue perdonado y se despide para ir al cielo.

Hoy día, osea, nada,
sigo pensando en su tristeza que no era más que ausencia y en su mirada que no era más que esperanza.

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