Guerras en nidos perdidos

Hay alguien tomándose su tiempo,
sentado, mirando el dilema de la tarde...

Su nombre se hace largo,
su gracia se determina por el hecho de las estrellas,
sus sueños materializados,
su natural alegría,
su prisión relativa en el reverso de la existencia,
el privilegio de su idiosincrasia,
el día a día de su misión indescriptible...

la menuda verdad entre comisuras,
quiebra las ideas,
los ecos,
las señas,
se hacen negros ramales de risa y sueño...

Ve el ocaso con la solemnidad propia de un visir,
pero el colapso del día se disipa en el conflicto de las horas,
se hace oración...

Los años han pasado;
pero no en vano,
el tiempo es solo un juez ridículo,
puesto en lo alto,
lo que importa es el latido exacto
en cada segundo de nuestras existencias...

En los ojos de nuestros seres queridos,
en las manos expertas del verdor...

Lo que importa es la magia de la expresión,
el guiño de la luz en las pertenencias de lo eterno...

Sus pasos se dan pausados,
las latitudes de sus gestos son celestiales ruidos en el frío universo...

Las revueltas del tiempo
golpean la piedra de lo estático
como las olas del mar a las rocas...

Y eso no escapa de su vista,
ni de su corazón...

Están...

Cómo una parte de su permanencia en la eternidad...

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