Aquí estoy y aquí estaré,
¡marañada brillantez!
Mis hermanos acabados;
por la hambruna y la escases.
Niños:
Famélicos rostros,
en rictus de desnutridos,
Caen al vacío infinito,
de quejosos alaridos.
Pasos tristes,
de lento deambular,
bajo la sonata rítmica
De estómagos abrumados
Que rugen cual fieras poseídas
Por la miseria y la desolación;
Vendida al mejor postor.

Un trozo de pan
Lanzado al hambriento,
Abre puertas
Que debían estar cerradas.

Suculentos son los pobres
Cuando hasta su espíritu se ha rendido.
Es presa fácil a los embates y a las fauces
Del Leviatán de turno.

No es buena consejera la Hambruna
ni su prima La desidia.

Allá; afuera.
Sentado en su miseria;
Espera el usurero.
Que vendería a su progenitora,
Si la transacción le generase dinero.

Él:
Observa con astucia a su presa.

La vulnerabilidad del entorno sumiso y desesperado le atrae.
Pone precio a la cordura, y al vacilar de hambrienta duda.

Guerra inicua y sin cuartel.
De tormentosos truhanes,
Cómo aquel:
Que exprime las últimas monedas desesperadas,
A sus famélicas víctimas.
Que pagan hasta lo que no poseen.
¡POR HAMBRE!

Aquí le llamamos:
¡BACHAQUEROS!

¡Con perdón de los bachacos!

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